Palabras del Santo Padre
durante la audiencia general
de este miércoles de Ceniza
8 de Marzo del 2000
CIUDAD DEL VATICANO, 1 mar (ZENIT).- Del Monte Sinaí, testigo de la Alianza de Dios con el pueblo elegido, al Monte de las Bienaventuranzas, plenitud de la ley traída por la nueva Alianza de Jesús. Estas son las etapas de la peregrinación por los lugares de la Revelación que evocó y anunció Juan Pablo II durante la audiencia general del miércoles, que tuvo lugar tres días después de su visita pastoral a Egipto y cuando quedan pocos días para su viaje a Tierra Santa. Ofrecemos aquí las palabras del Santo Padre en su encuentro con los peregrinos.
1. Con gran alegría pude peregrinar, la próxima semana, a Egipto tras las huellas de Moisés. El momento culminante de esta experiencia extraordinaria fue mi estancia a los pies del Monte Sinaí, la Montaña Santa: santa porque en ella Dios se reveló a su siervo, Moisés, y le manifestó su nombre; santa, además, porque Dios hizo allí el don de la ley a su pueblo, los diez mandamientos; santa, por último, porque los creyentes, con su constante presencia, han hecho del Monte Sinaí un lugar de oración.
Doy gracias a Dios por haberme concedido la posibilidad de rezar en el lugar en el que introdujo a Moisés en un conocimiento más claro de su misterio, hablándole desde la zarza ardiente, y le ofreció a él y al pueblo elegido la ley de la Alianza, ley de vida y de libertad para todo hombre. Dios mismo se hizo fundamento y garante de esta alianza.
2. Como tuve la oportunidad de decir el sábado pasado, los Diez Mandamientos abren ante nosotros el único futuro auténticamente humano, pues no son una imposición arbitraria de un Dios tirano. Yahveh los ha escrito en la piedra, pero los grabó sobre todo en el corazón humano como ley moral universal válida y actual en todo lugar y tiempo. Esta ley impide que el egoísmo y el odio, la mentira y el desprecio destruyan a la persona humana. Los Diez Mandamientos, con su constante llamamiento a la divina Alianza, ponen de manifiesto que el Señor es nuestro único Dios y que cualquier otra divinidad es falsa y acaba esclavizando al ser humano, llevándolo a degradar la propia dignidad humana.
«Escucha Israel... Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás
a tus hijos» (Deuteronomio 6, 4-7). Estas palabras que repite el
hebreo devoto todos los días resuenan también en el corazón
de todo cristiano. «¡Escucha! ¡Queden en tu corazón
estas palabras!». No podemos creer que se puede ser fieles a Dios
si no se observa la Ley. Ser fieles a Dios, entre otras cosas, significa
también ser fieles a sí mismos, a la auténtica naturaleza
propia y a las más profundas
e inaplacables aspiraciones.
3. Doy gracias al arzobispo Damianos, superior
del Monasterio di Santa Catalina, y a sus monjes por la gran cordialidad
con que me acogieron. El arzobispo, que me estaba esperando a la entrada
del monasterio, me mostró
las preciosas «reliquias bíblicas»
que allí están custodiadas: el pozo de Jetró y sobre
todo las raíces de la «zarza ardiente», junto a las
cuales me arrodillé pensando en las palabras con las que Dios reveló
a Moisés el misterio de su ser: «Yo soy el que soy».
Además pude admirar estupendas obras de arte, surgidas en el transcurso
de los siglos de la contemplación y de la oración de los
monjes.
Antes de la celebración de la Palabra, el arzobispo Damianos recordó precisamente que encima de nosotros se erguía el Monte Horeb, con la cima del Sinaí, la cumbre del Decálogo, el lugar en el que «en el fuego y en la oscuridad» Dios habló a Moisés. Desde hace siglos, en este contexto, una comunidad de monjes persigue el ideal de la perfección cristiana en una «constante constricción de la naturaleza y en un incansable control de los sentidos», sirviéndose de los medios tradicionales del diálogo espiritual y de la práctica ascética. Al final del encuentro, el arzobispo con algunos de sus monjes me acompañó gentilmente al aeropuerto.
4. Aprovecho con gusto la oportunidad para expresar de nuevo mi agradecimiento al presidente Mubarak, a las autoridades egipcias y a quienes han contribuido a la realización del viaje. Egipto es la cuna de una civilización antiquísima. La fe cristiana llegó allí desde tiempos de los apóstoles, especialmente con san Marcos, discípulo de Pedro y de Pablo y fundador de la Iglesia de Alejandría.
Durante la peregrinación tuve coloquios
con Su Santidad el Patriarca Shenuda III, jefe de la Iglesia copta ortodoxa
y con Mohamed Sayed Tantawi, gran imán de Al-Azhar y jefe religioso
de la comunidad musulmana. A ellos
dirijo la expresión de mi reconocimiento,
que se extiende también a Su Beatitud Stéphanos II Ghattas,
patriarca de los coptos católicos, y a los demás arzobispos
y obispos presentes.
Renuevo mi saludo a la pequeña pero fervorosa comunidad católica, que encontré en la solemne celebración de la Santa Misa en El Cairo, en la que participaron todas las Iglesias locales presentes en Egipto: la copta, la latina, la maronita, la griega, la armenia, la siria y la caldea. En torno a la Mesa del Señor, celebramos nuestra fe común y encomendamos a Dios el empuje de vida y de apostolado de los hermanos y hermanas egipcios, que con tanto sacrificio y generosidad han testimoniado su fiel adhesión al Evangelio en el país en el que la Sagrada Familia encontró refugio hace dos mil años.
Conservo un grato recuerdo del significativo
encuentro con representantes y fieles de las Iglesias y comunidades eclesiales
no católicas de Egipto. Que los progresos ecuménicos, que
con la gracia del Espíritu Santo se han hecho
durante el siglo XX, puedan experimentar ulteriores
desarrollos para acercarnos cada vez más a la meta de la plena unidad
por la que rezó ardientemente el Señor Jesús.
5. El Monte Sinaí trae hoy a mi mente
otro monte al que me dirigiré, si Dios quiere, a finales de este
mes: el Monte de las Bienaventuranzas de Galilea. En el sermón de
la montaña, Jesús dijo que no había venido a abolir
la Ley antigua, sino a perfeccionarla (cf. Mateo 5,17). De hecho, desde
que el Verbo de Dios se encarnó y murió en la cruz por nosotros,
los Diez Mandamientos se dejan escuchar a través de su voz. Él
los arraiga a través de la nueva vida de Gracia en el corazón
de quien cree en Él. Por eso, el discípulo de Jesús
no se siente oprimido por una multitud de
prescripciones sino que, empujado por la fuerza
del amor, ve los Mandamientos de Dios como una ley de libertad: libertad
para amar gracias a la acción interior del Espíritu.
Las Bienaventuranzas constituyen el cumplimiento de la Ley del Sinaí. La alianza que fue estipulada entonces con el Pueblo judío encuentra su perfección en la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. Cristo es la nueva Ley y en Él la salvación se ofrece a todos los pueblos.
Encomiendo a Jesucristo la próxima etapa
de mi peregrinación jubilar, que será Tierra Santa. Pido
a todos que me acompañen con la oración en la preparación,
sobre todo espiritual, de este acontecimiento importante.
Traducción no oficial realizada por
Zenit,
Agencia Católica de Noticias
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