Ahora podeis disfrutar del texto completo del Documento "Ecclesia in America", fruto del sínodo de Obispos en la ciudad de México en enero de 1999.
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NACE UNA NUEVA AMERICA
Síntesis del documento en el que el Papa recoge las conclusiones del Sínodo
Las palabras con las cuales se abre esta exhortación apostólica --«Ecclesia in América» (Iglesia en América)-- indican claramente la pertenencia de la misma a la serie de documentos pontificios que concluyen las diversas asambleas sinodales, continentales y regionales, que el Santo Padre ha convocado en preparación al tercer milenio. Se trata, por lo tanto, de un instrumento del Magisterio del Sumo Pontífice que recoge sintéticamente todos los trabajos sinodales y ofrece las líneas pastorales de la nueva evangelización para la Iglesia que peregrina en el Continente americano.
El documento se articula a través de una introducción, seis
capítulos y una conclusión. En la introducción
se presenta brevemente no sólo el tema de la Asamblea Especial sino
también la génesis del proceso que llevó a su convocación
por parte del Santo Padre, en continuidad con la celebración de
los quinientos años del comienzo de la evangelización en
América y en la
perspectiva del
Gran Jubileo del año 2000. Así mismo, se pone en relieve
la riqueza de la experiencia vivida en el sínodo como expresión
de la unidad de los Pastores del Pueblo de Dios con el Sucesor de Pedro
en el Colegio episcopal. Esta comunión se presenta como un signo
de la unidad de todo el Continente, a la cual la Iglesia, confiando en
la ayuda de Jesucristo vivo y operante en ella, desea servir abriendo los
caminos de una nueva evangelización.
Los diversos capítulos que siguen se desarrollan según el argumento de fondo propuesto por el tema de la Asamblea sinodal: «Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América». Así, el primer capítulo se refiere al encuentro con el Señor resucitado - tal como es presentado por los diversos relatos del Nuevo Testamento - y a la Iglesia, como lugar donde los hombres pueden descubrir la presencia de Jesucristo y encontrarse con él. Un puesto privilegiado en este itinerario del encuentro con el Señor, que la Iglesia en América desea recorrer guiada por el Espíritu Santo, es asignado a la Santísima Virgen María . Ella, en efecto, ha tenido un papel de gran relieve con su aparición al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac en el año 1531. Es por este motivo que el Santo Padre, acogiendo gozosamente la propuesta de los Padres sinodales, establece que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra Señora de Quadalupe, Madre y Evangelizadora de América.
Continuando con el tema del encuentro, el capítulo segundo desarrolla ese mismo argumento en el contexto de la situación actual de América, abordando la cuestión desde una perspectiva pastoral. El primer aspecto tratado es el de la identidad cristiana de todo el Continente, expresión del don de la fe recibida y elemento determinante de la fisonomía religiosa americana. Luego se pasa a una visión de conjunto de las manifestaciones de esa identidad cristiana: las vidas de tantos santos y beatos que han enriquecido la Iglesia con sus testimonios de fe, esperanza y caridad, así como también la característica piedad popular profundamente enraizada en las diversas naciones como expresión de la inculturación de la fe católica. Después se abordan diversos otros temas, siempre desde una óptica pastoral, para ser retomados más adelante en orden a la formulación de algunas propuestas concretas: la presencia católico-oriental en América, la acción de la Iglesia en el campo de la educación y de la acción social, el creciente respeto de los derechos humanos, el fenómeno de la globalización, la realidad de la urbanización, el peso de la deuda externa, la corrupción, el comercio y el consumo de drogas y la preocupación por la ecología.
El capítulo tercero entra en el tema de la conversión señalando
la urgencia del llamado y la necesidad de dar una respuesta integral, es
decir, que contemple no sólo una dimensión personal sino
también social y comunitaria. Además, la conversión
es presentada como un itinerario permanente que la Iglesia en América,
guiada por el Espíritu Santo, está llamada a recorrer
para vivir un
nuevo estilo de vida centrado en una espiritualidad de la oración
comprometida con las exigencias del Evangelio en todos sus aspectos. Una
vez más se evidencia la necesidad de la penitencia y la reconciliación
--expresión sacramental de la «metanoia» interior--
para alcanzar la meta de la santidad, a la cual está llamado todo
ser humano y cuyo camino no es otro que la misma persona del Señor
Jesús.
El tema de la comunión es desarrollado en el cuarto capítulo, a partir del concepto de Iglesia como sacramento, es decir, como signo e instrumento de la unidad en Cristo de todos los hombres entre sí y con Dios. Medios privilegiados para lograr esa comunión de vida en la Iglesia son los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, cuya recepción fructuosa - se recuerda - dependerá de un adecuado esfuerzo catequizador. Un rol especial en la tarea de construir la comunión eclesial es asignado a los obispos, los cuales están llamados a ser promotores de la unidad en sus propias iglesias particulares y en la sociedad en general. La necesidad de trabajar por la comunión se extiende también a la colaboración entre las iglesias particulares de todo el Continente, una de cuyas manifestaciones concretas ha ya sido la misma realización de la Asamblea sinodal.
A continuación, siempre dentro del mismo capítulo, se tratan otros aspectos que indican otras tantas urgencias pastorales que la Iglesia en América deberá enfrentar para lograr acrecentar cada vez más la comunión en Cristo de todo el Pueblo de Dios: las relaciones con la iglesias católicas orientales; el esfuerzo por consolidar la unidad del presbiterio en cada iglesia particular; el fomento de la pastoral vocacional y la formación de los seminaristas, para vivir en comunión con sus hermanos; la renovación de la institución parroquial, como lugar privilegiado para tener una experiencia concreta de Iglesia; la diligente formación y acompañamiento de los llamados al diaconado permanente; la revalorización de la vida consagrada en el futuro de la nueva evangelización; la participación de los laicos en la vida eclesial; el adecuado reconocimien-to de la aportación del genio femenino, tanto en la sociedad como en la Iglesia; la importancia de la familia cristiana como iglesia doméstica; el acompañamiento pastoral de los jóvenes y de los niños, que constituyen la esperanza del futuro; la cooperación y el diálogo con otras Iglesias cristianas y comunidades eclesiales, así como también con las comunidades judías y las religiones no cristianas.
El quinto capítulo está dedicado al tema de la solidaridad,
el cual es abordado como fruto de la comunión en Cristo. Un apremiante
llamado es dirigido a los agentes de evangelización en América
para que anuncien con renovada fuerza la Doctrina Social de la Iglesia
ante los graves problemas de orden social. Esta tarea es presentada como
una verdadera prioridad pastoral para enfrentar el complejo fenómeno
de la globalización y de sus consecuencias en los diversos campos
de la vida social en el Continente americano. Es, a la luz del Evangelio
y de la Doctrina Social de la Iglesia, que puede apreciarse claramente
la real dimensión de los llamados "pecados sociales que claman al
cielo". Por ello la Iglesia en América está llamada
a no dejar de alzar su voz para recordar que el fundamento sobre el que
se basan los derechos humanos es la dignidad de la persona, la
cual es la mayor
obra divina de la creación. Una especial exhortación es dirigida
a toda la Iglesia en América para que continúe a trabajar
por los pobres y marginados y para que esta acción pastoral sea
cada vez más un verdadero camino para el encuentro con Cristo. También
se incluye en este capítulo el problema de la deuda externa, que
aflige a muchos pueblos del
Continente americano.
En este sentido, el Santo Padre se une al deseo, expresado ya por los padres
sinodales, de trabajar en el estudio y el diálogo con representantes
del Primer Mundo y con responsables de las relaciones económicas
internaciona-les, para encontrar vías de solución a esta
compleja realidad. Finalmente se tratan otros aspectos sociales en los
cuales la presencia de la Iglesia también ha de ser relevante para
crear una verdadera cultura de la solidaridad: la lucha contra la corrupción,
el problema de las drogas, la carrera armamentista, la cultura de la muerte
como expresión de una sociedad dominada por los poderosos, la realidad
de los pueblos indígenas y los americanos de origen africano, así
como también la problemática de los inmigrantes.
El sexto capítulo está dedicado a la misión de la
Iglesia en el hoy de América, descrita en términos de nueva
evangelización. Recordando una vez más el mandato de Cristo
de anunciar el Evangelio al mundo entero, el Santo Padre envía a
la Iglesia que está en el Continente americano a proclamar a Jesucristo,
Buena Nueva y Primer evangelizador. Él es el rostro humano de
Dios y el rostro
divino del hombre. El verdadero impulso evangelizador surge, por lo tando,
del encuentro con Cristo en la Iglesia. De ahí, la importancia de
la catequesis, cuyo objetivo principal es la presentación explícita
de la fe en toda su amplitud y con las correspondientes implicancias prácticas
en la vida social. La nueva evangelización alcanza también
el campo más vasto de la cultura. A este respecto, se exhorta a
inculturar la predicación del Evangelio para que éste sea
anunciado en el lenguaje y la cultura de los que deben recibir el mensaje,
sin olvidar, al mismo tiempo, la objetiva validez universal del misterio
pascual de Cristo. La promoción de la inculturación de la
Buena Noticia debe concretizarse también en la evangelización
de los centros educativos y de los medios de comunicación. No pasa
inadvertido el problema de las sectas en América, el cual constituye
un grave obstáculo para el esfuerzo evangelizador. En relación
a este punto, se invita a toda Iglesia que está en el Continente
a poner en práctica iniciativas de pastorales coordinadas que, excluyendo
los métodos proselitistas usados por las mismas sectas, se orienten
a una renovación de la actividad pastoral a través de un
anuncio kerigmático gozoso y transformante. Finalmente, el Santo
Padre realiza un llamado especial a la Iglesia en América a permanecer
abierta a la misión «ad gentes» para que los proyectos
pastorales no se limiten a revitalizar la fe de los creyentes rutinarios,
sino también a anunciar a Cristo en todos los ambientes donde es
desconocido. Más aún, acogiendo una propuesta de los padres
sinodales, el Sumo Pontífice invita a fomentar con dinamismo y creatividad
una mayor cooperación entre las iglesias hermanas, no sólo
dentro del Continente sino también más allá de sus
fronteras.
El documento se concluye con palabras de gratitud y esperanza para que
la Iglesia en América se disponga a traspasar el umbral del Tercer
milenio con confianza serena en el Señor de la historia y convencida
del servicio primordial que ella debe prestar en testimonio de fidelidad
a Dios y a los hombres y mujeres del Continente. Confiando en el poder
de la oración, el Santo Padre, propone una plegaria para las familias,
las comunidades y grupos eclesiales donde dos o más se reúnen
en nombre del Señor, para que todos se unan a la súplica
del Sucesor de Pedro invocando a Jesucristo, camino para la conversión,
la comunión y la solidaridad en América.
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Jóvenes de Acción
Católica Argentina
Arquidiócesis de Rosario
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