Texto integral de la catequesis de Juan Pablo II
CIUDAD DEL VATICANO, 3 nov (ZENIT).-
La pesadilla de la deuda exterior para la economía devastada de muchos
países en vías de desarrollo se ha convertido en un motivo de
profunda preocupación de los cristianos de todo el mundo, como hoy constató
el mismo Juan Pablo II. En la catequesis de hoy, el pontífice plantea,
en el contexto del inminente Jubileo, una nueva «ética de la supervivencia»
que regule la economía en tiempos de
globalización. Ante la economía globalizada, el obispo de Roma
propone responder con la globalización de la solidaridad, pues el mercado
tiene que comprender que en el «vertiginoso proceso de globalización
económica no es
posible salvarse solos».
Como se puede ver se trata de temas de candente actualidad que ofrecemos a continuación tal y como han sido afrontados por el Papa en el texto integral de su catequesis.
1. «Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber...» (Mateo 25,34-35).
Estas palabras del Evangelio nos ayudan a hacer concreta nuestra reflexión sobre la caridad, despabilándonos para concentrar nuestra atención, según las indicaciones de la «Tertio millennio adveniente» (cf. n. 51), en algunas líneas de compromiso particularmente acordes con el espíritu del gran Jubileo que nos disponemos a celebrar.
El Jubileo en la Biblia
En este sentido, es oportuno hacer un recuerdo del
jubileo bíblico. Descrito en el libro del Levítico, en el capítulo
25, este jubileo retoma y expresa en algunos aspectos de manera más completa
la función del año sabático (cf. versículos 2-7;
18-22) como año en el que hay que abstenerse del cultivo de la tierra.
El año jubilar, sin embargo, cae después de un período
de 49 años. Se caracteriza también por la ausencia del cultivo
del suelo (cf. versículos 8-12), pero comporta además dos normas
emanadas para los israelitas. La primera afecta a la recuperación de
las propiedades de tierra y de bienes inmuebles (cf. versículos 13-17;
23-34); la segunda atañe a la liberación del esclavo israelita
que se ha vendido para pagar una deuda a su compatriota (cf. versículos
39-55).
2. El Jubileo cristiano, tal y como comenzó a celebrarse a partir
de Bonifacio VIII, en 1300, tiene una configuración específica,
pero muchos de sus contenidos recuerdan los del jubileo bíblico.
Por lo que se refiere a la posesión de los bienes inmuebles, la normativa del jubileo bíblico se apoyaba en el principio, según el cual, la «tierra es de Dios» y por ello es ofrecida a toda la comunidad. Por este motivo, si un israelita había perdido su terreno, el año jubilar le permitía recuperarlo. «La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes. En todo terreno de vuestra propiedad concederéis derecho a rescatar la tierra» (Levítico 25,23-24).
Jubileo y condonación de la deuda
El jubileo cristiano se remonta cada vez más
conscientemente a los valores sociales del jubileo bíblico, interpretándolos
y reproponiéndolos en el contexto contemporáneo, a través
de una reflexión sobre las exigencias del bien común y sobre el
destino universal de los bienes de la tierra. Precisamente, en esta perspectiva,
en la «Tertio millennio adveniente» he propuesto que el Jubileo
sea vivido como «un tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una
notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda
internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones» («Tertio
millennio adveniente», 51).
3. Pablo VI, en la encíclica «Populorum progressio», al
hablar de este problema, típico de muchos países económicamente
débiles, afirmó que es necesario entablar un diálogo entre
quienes aportan los medios y quienes se benefician de ellos de modo que se «puedan
medir las aportaciones no sólo de acuerdo con la generosidad y las disponibilidades
de los unos, sino también en función de las necesidades reales
y de las posibilidades de empleo de los otros. Con ello los países en
vía de desarrollo no correrán en adelante el riego de estar abrumados
de deudas, cuya satisfacción absorbe la mayor parte de sus beneficios
» («Populorum Progressio», 54).
«Mecanismos contraproducentes»
En la encíclica «Sollicitudo rei socialis»
he tenido que hacer notar que, por desgracia, el cambio de circunstancias tanto
entre los países endeudados como en el mercado internacional financiador
han hecho que el mismo financiamiento se convierta en una «mecanismo contraproducente».
Y esto «ya sea porque los países endeudados, para satisfacer los
compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que serían
necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel de vida, ya sea
porque, por la misma razón, no pueden obtener nuevas fuentes de financiación
indispensables igualmente» (n. 19).
«Ética de supervivencia»
4. El problema es complejo y no tiene una solución
fácil. Ahora bien, tiene que quedar claro que no es sólo de carácter
económico, sino que afecta a los principios éticos fundamentales
y tiene que encontrar espacio en el
derecho internacional, para ser afrontado y resuelto adecuadamente, según
perspectivas a medio y largo plazo. Es necesario aplicar una «ética
de la supervivencia» que regule las relaciones entre acreedores y deudores,
de
manera que el deudor en dificultades no se vea presionado por un peso insoportable.
Se trata de evitar especulaciones abusivas, de concertar soluciones a través
de las cuales quienes prestan se vean garantizados y
quienes reciben se sientan comprometidos en reformas globales concretas en
el aspecto político, burocrático, financiero y social de sus países
(cf. Comisión Pontificia «Justicia y Paz», «Al servicio
de la comunidad humana.
Un acercamiento ético a la deuda internacional, II).
Hoy, en el contexto de la economía «globalizada»,
el problema de la deuda internacional se hace todavía más espinoso,
pero la misma «globalización» exige que se recorra el camino
de la solidaridad si no queremos afrontar
una catástrofe general.
Una solicitud universal
5. Precisamente en el contexto de estas consideraciones, acogemos la solicitud prácticamente universal que nos ha llegado de los recientes Sínodos, de muchas Conferencias Episcopales o de hermanos obispos, así como de amplias representaciones de religiosos, sacerdotes y laicos a que dirija un sentido llamamiento para que se perdonen parcial o totalmente las deudas contraídas a nivel internacional. En particular, la petición de pagos con intereses exorbitantes obligaría a tomar decisiones políticas que dejarían en el hambre y la miseria a poblaciones enteras.
Globalizar la solidaridad
Esta perspectiva de solidaridad, que tuve modo de
señalar en la «Centesimus annus» (cf. n.35), se ha hecho
ahora todavía más urgente en la situación mundial de los
últimos años. El Jubileo puede constituir una ocasión propicia
para la realización de gestos de buena voluntad: que los países
más ricos den señales de confianza con respeto al saneamiento
económico de las naciones más pobres; que los agentes del mercado
comprendan que en el
vertiginoso proceso de globalización económica no es posible
salvarse solos. Que el gesto de buena voluntad de condonar las deudas o al menos
de reducirlas se convierta en un signo de una nueva manera de considerar la
riqueza en función del bien común.
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