Palabras de Juan Pablo II
en las Jornadas Mundiales de la Juventud
Toronto - 23 al 28 de Julio 2002
 

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Indice de Referencia

Discurso de Su santidad a su llegada a Canadá

Saludo del Santo Padre a los Jóvenes
Durante la Bienvenida

Discurso del Santo Padre
en la Primera Jornada

Saludo del Papa al comenzar la Vigilia

Mensaje del papa durante la Vigilia

Homilía de JPII durante la Misa de Clausura

Mensaje durante el Angelus de Despedida

Saludos Finales de Juan Pablo II

 

23/07/02: Aeropuerto Internacional Lester B. Pearson de Toronto
luego del discurso de bienvenida pronunciada por el Primer Ministro canadiense, Jean Chrétien.

Discurso de Su santidad a su llegada a Canadá

¡Señor primer ministro Jean Chrétien,
queridos amigos canadienses!

1. Me siento profundamente agradecido, señor primer ministro, por sus palabras de bienvenida y al mismo tiempo me siento sumamente honrado por la presencia, a mi llegada, del primer ministro de Ontario, del alcalde de la gran ciudad de Toronto, y de numerosos importantes representantes del gobierno y de la sociedad civil. A todos les expreso de todo corazón un sentido "gracias": gracias por haber respondido favorablemente a la idea de acoger la Jornada Mundial de la Juventud en Canadá, y gracias por todo lo que se ha hecho para que se convirtiera en realidad.

Queridos canadienses, guardo un recuerdo sumamente vivo de mi primer viaje apostólico en 1984 y de la breve visita que realicé en 1987 a los pueblos indígenas en la tierra de Denendeh. Esta vez tengo que contentarme con quedarme únicamente en Toronto. Desde este lugar, saludo a todos los ciudadanos de Canadá. Vosotros estás presentes en mi oración de reconocimiento a Dios que ha llenado con sus bendiciones vuestro inmenso y espléndido país.

2. Ahora se están reuniendo los jóvenes de todos los puntos del mundo para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Con sus dones de inteligencia y de corazón, son el futuro del mundo. Pero llevan también la marca de una humanidad que, con demasiada frecuencia, no experimenta ni la paz ni la justicia.

Demasiadas vidas comienzan y concluyen sin alegría ni esperanza. Una de las principales razones de ser de las Jornadas Mundiales de la Juventud es ésta: los jóvenes se están reuniendo para comprometerse con la fuerza de su fe en Jesucristo a servir a la gran causa de la paz y de la solidaridad humana.

¡Gracias a ti, Toronto! ¡Gracias a ti, Canadá, por la acogida ofrecida a brazos abiertos a todos estos jóvenes!

3. En la versión francófona de vuestro himno nacional "Oh Canadá", vosotros cantáis: "Tu brazo sabe llevar la espada, sabe llevar la cruz". Los canadienses son herederos de un humanismo extraordinariamente rico, gracias a la asociación de numerosos elementos culturales diferentes. Pero el corazón de vuestra herencia es la concepción espiritual y trascendente de la vida, fundada sobre la Revelación cristiana, que da un impulso vital a vuestro desarrollo como sociedad libre, democrática, y solidaria, reconocida en el mundo entero como paladina de los derechos de la persona humana y de su dignidad.

4. En un mundo caracterizado por fuertes tensiones éticas y sociales, y por una especie de confusión sobre el objetivo mismo de la vida, los Canadienses tienen, como contribución, un tesoro incomparable que ofrecer. Tienen que preservar todo lo que es profundo, bueno, y válido de su herencia. Rezo para que esta Jornada Mundial de la Juventud sea para todos los canadienses una ocasión de redescubrimiento de valores que son esenciales para una vida buena y para la felicidad humana.

Señor primer ministro, señoras y señores representantes de las autoridades, queridos amigos: que el lema de la Jornada Mundial de la Juventud pueda resonar de un lado al otro del país, recordando a todo cristiano su deber de ser "sal de la tierra y luz del mundo"!

25/07/02: Ceremonia de Bienvenida Papal, Exhibition Place, Toronto, Canadá.
Saludo de apertura y Discurso del Santo Padre
en la ceremonia de bienvenida papal

Saludo del Santo Padre a los Jóvenes

¡Queridos jóvenes amigos!

Habéis venido a Toronto desde cada continente para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. Mis saludos jubilosos y cordiales estén con todos vosotros! He estado esperando impacientemente esta reunión, especialmente cuando día tras día de todas partes del mundo recibía en el Vaticano las buenas nuevas acerca de todas las iniciativas que han marcado vuestro viaje hasta aquí. Y a menudo, aun sin haberos conocido, os encomendé a cada uno de vosotros en mis oraciones al Señor. Él siempre os ha conocido y Él ama a cada uno de vosotros personalmente. Con fraternal afecto saludo a los Cardenales y Obispos que están aquí con vosotros; en particular el Obispo Jacques Berthelet, Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Canadá, el Cardenal Aloysius Ambrozic, Arzobispo de esta ciudad, y el Cardenal James Francis Stafford, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos. A todos vosotros os digo: que los contactos con vuestros Pastores os ayuden a descubrir y apreciar más y más la belleza de la Iglesia, experimentada como comunión misionera.

2. Escuchando la gran lista de países de los cuales venís, hemos hecho prácticamente un viaje alrededor del mundo. En cada uno de vosotros he vislumbrado los rostros de todos vuestros jóvenes compañeros que he conocido en el curso de mis viajes apostólicos y a los cuales en una manera vosotros representáis aquí. Os he imaginado en un viaje, caminando en la sombra de la Cruz del Jubileo, en esta gran peregrinación de jóvenes que, trasladándose de continente a continente, está ansiosa por sostener al mundo entero en un cercano abrazo de fe y esperanza. Hoy esta peregrinación hace una parada aquí, en las riberas del Lago Ontario. Se nos recuerda de otro lago, el Lago de Tiberíades, en cuyas riberas Jesús hizo una fascinante propuesta a sus primeros discípulos, algunos de los cuales probablemente eran jóvenes como vosotros (cf. Jn 1, 35-42). El Papa, quien los ama mucho, ha venido desde lejos para escuchar nuevamente con vosotros las palabras de Jesús. Tal como fue el caso de sus discípulos en aquel día hace mucho tiempo, estas palabras pueden encender una llama en el corazón de los jóvenes y motivar toda su vida. Os invito entonces a hacer las diversas actividades de esta Jornada Mundial de la Juventud que está apenas empezando un momento especial cuando cada uno de vosotros escucháis atentamente al Señor, con un corazón generoso y dispuesto, con la finalidad de llegar a ser "sal de la tierra y luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-16).

Discurso del Santo Padre

¡Queridos jóvenes!

1. Lo que recién hemos escuchado es la Carta Magna del Cristianismo: las Bienaventuranzas. Hemos visto una vez más, con los ojos del corazón, lo que sucedió en ese momento. Una multitud de personas está reunida alrededor de Jesús en la montaña: mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, que han venido de Galilea, pero también de Jerusalén, de Judea, de las ciudades de Decápolis, de Tiro y Sidón. Todos ellos ansiosamente esperaban una palabra, un gesto que les diera consuelo y esperanza. Nosotros también estamos aquí reunidos, esta tarde, para escuchar con atención al Señor. Él os mira con afecto: vosotros venís de diferentes regiones de Canadá, de los Estados Unidos, de América Central y de América del Sur, de Europa, de África, de Asia, de Oceanía. He oído vuestras voces alegres, vuestros gritos, vuestras canciones, y he sentido el profundo anhelo que late en vuestros corazones: ¡vosotros queréis ser feliz! Queridos jóvenes, muchas y tentadoras son las voces que os llaman de todos lados: muchas de estas voces os hablan de una alegría que puede obtenerse con dinero, con éxito, con poder. Principalmente, proponen una alegría que viene con el placer superficial y efímero de los sentidos.

2. Queridos jóvenes: el Papa de edad, con muchos años pero aún joven de corazón, da respuesta a vuestro deseo joven de felicidad con palabras que no son suyas. Son palabras que resonaron hace dos mil años. Palabras que hemos escuchado nuevamente esta tarde: "Bienaventurados...". La palabra clave en la enseñanza de Jesús es una proclamación de júbilo: "Bienaventurados...". Fuimos creados para ser felices. Entonces con razón, tenéis sed de felicidad. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero él os pide que confiéis en él. La verdadera alegría es una victoria, algo que no puede obtenerse sin una larga y difícil lucha. Cristo tiene el secreto de esta victoria. Vosotros conocéis qué pasó antes. Está contado en el Libro del Génesis: Dios creó al hombre y a la mujer en un paraíso, el Edén, porque Él quería que fueran felices. Desafortunadamente, el pecado arruinó Sus planes iniciales. Pero Dios no se resignó a este fracaso. Él envió a su Hijo al mundo para devolvernos una idea aun más hermosa del cielo. Dios se hizo hombre -según nos dicen los Padres de la Iglesia- para que los hombres y las mujeres puedan convertirse en Dios. Éste es el punto decisivo, realizado en la historia humana por medio de la Encarnación.

3. ¿Sobre qué lucha estamos hablando? Cristo mismo nos da la respuesta: San Pablo escribió: "Jesús, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo... se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte" (Flp 2,6-8). Fue una lucha hasta la muerte. Cristo no peleó esta batalla para sí mismo sino para nosotros. A partir de su muerte, surgió la vida. La tumba en el Calvario se ha convertido en la cuna de la nueva humanidad en su viaje hacia la verdadera felicidad. El "Sermón de la Montaña" delinea el mapa de este viaje. Las ocho Bienaventuranzas son las señales de tránsito que nos indican el camino. Es un camino cuesta arriba, pero Jesús lo ha caminado antes que nosotros. Un día dijo: "el que me siga no caminará en la oscuridad" (Jn 8,12). Y en otro momento agregó: "Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado." (Jn 15,11). Es caminando con Cristo que podemos encontrar la alegría, ¡la verdadera alegría! Precisamente por esta razón, hoy Jesús nuevamente os repite la proclamación de la alegría: "Bienaventurados...". Ahora que estamos por dar la bienvenida a su gloriosa Cruz, la Cruz que ha acompañado a los jóvenes en los caminos del mundo, dejemos que esta palabra de consuelo y exigente resuene en el silencio de nuestro corazón: "Bienaventurados...".

4. Reunidos alrededor de la Cruz del Señor, miramos a Él como ejemplo: Jesús no se limitó a proclamar las Bienaventuranzas, ¡las vivió! Al mirar su vida de nuevo, al releer el Evangelio, nos maravillamos: el más pobre entre los pobres, el más dócil entre los mansos, la persona con el corazón más limpio y más misericordioso es precisamente Jesús. Las Bienaventuranzas son nada más que la descripción de un rostro, ¡su rostro! Al mismo tiempo, las Bienaventuranzas describen lo que un cristiano debería ser: son el retrato del discípulo de Jesús, la fotografía de quienes han aceptado el Reino de Dios y quieren que su vida esté en sintonía con las exigencias del Evangelio. A estas personas Jesús les habla, llamándolos "bienaventurados". La alegría que las Bienaventuranzas prometen es la misma alegría de Jesús: una alegría buscada y encontrada en la obediencia al Padre y en el regalo de uno mismo al prójimo.

5. ¡Jóvenes de Canadá, de América y del mundo entero!: Al mirar a Jesús, aprenderán lo que significa ser pobres de espíritu, mansos y misericordiosos; lo que significa buscar la justicia, ser limpios de corazón, trabajadores por la paz. Con vuestra mirada fija en él, vosotros descubriréis el sendero del perdón y la reconciliación en un mundo a menudo devastado por la violencia y el terror. El año pasado, vimos con una claridad dramática el rostro trágico de la malicia humana. Vimos lo que sucede cuando el odio, el pecado y la muerte toman control. Pero hoy, la voz de Jesús resuena en medio de nuestro encuentro. Su voz es una voz de vida, de esperanza, de perdón; una voz de justicia y de paz. ¡Escuchemos su voz!

6. Queridos amigos, actualmente la Iglesia os mira con confianza y espera que vosotros sean gente de las Bienaventuranzas. Bienaventurados vosotros si, como Jesús, sois pobres de espíritu, buenos y misericordiosos; si realmente buscáis lo que es justo y recto; si sois puros de corazón, trabajadores por la paz, amantes de los pobres y sus sirvientes. ¡Bienaventurados vosotros! Únicamente Jesús es el verdadero Maestro, sólo Jesús habla del mensaje inalterable que responde a los anhelos más profundos del corazón humano, porque solamente él conoce "qué hay en cada persona" (cf. Jn 2,25). Hoy él os llama para ser la sal y luz del mundo, para escoger la bondad, vivir en la justicia, para convertiros en instrumentos de amor y paz. Su llamada siempre ha exigido una elección entre lo bueno y lo malo, entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte. Hoy él hace la misma invitación a vosotros que estáis reunidos aquí en las orillas del Lago Ontario.

7. ¿Qué llamada elegirán seguir los centinelas de la mañana? Creer en Jesús es aceptar lo que él dice, aun cuando sea contrario a lo que otros digan. Significa rechazar la atracción del pecado, a pesar de lo atractivo que pueda ser, con el fin de encaminarnos en el difícil sendero de las virtudes del Evangelio. Jóvenes que me escuchan: ¡contestad al Señor con corazones fuertes y generosos! Él cuenta con vosotros. Nunca olviden: ¡Cristo os necesita para llevar a cabo su plan de salvación! Cristo necesita vuestra juventud y vuestro generoso entusiasmo para hacer resonar su proclamación de alegría en el nuevo milenio. ¡Contestad su llamada poniendo vuestras vidas a su servicio en vuestros hermanos y hermanas! Confiad en Cristo, porque él confía en vosotros.

8. Señor Jesucristo, proclama una vez más las Bianaventuranzas en presencia de estos jóvenes, reunidos en Toronto para la Jornada Mundial de la Juventud. Mira a ellos con amor y escucha sus jóvenes corazones, listos para arriesgar su futuro por ti. Los has llamado a ser "sal de la tierra y luz del mundo". Continúa enseñándoles la verdad y belleza de la visión que tú proclamaste en la Montaña. ¡Hazlos hombres y mujeres de tus Bienaventuranzas! Permite que la luz de tu sabiduría brille sobre ellos, de manera que en palabra y en obras ellos puedan difundir en el mundo la luz y la sal del Evangelio. ¡Haz toda su vida un reflejo brillante de ti, que eres la verdadera luz que vino a este mundo para que todo el que crea en ti no perezca, sino que tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16)!


27/07/02: Downsview Lands, Toronto, 27 de julio, 2002.

SALUDO DEL PAPA JUAN PABLO II EN LA VIGILIA DE LA JMJ 2002

Jóvenes del mundo, queridos amigos,

Con afecto en el Señor los saludo a todos! Estoy feliz por estar entre ustedes de nuevo, después de los días que han pasado en catequesis y reflexión, encontrándose mutuamente y celebrando. Estamos llegando a la última fase del nuestra Jornada Mundial, al punto máximo que será nuestra celebración eucarística de mañana.

En ustedes, reunidos desde todos los confines del mundo, la Iglesia ve su futuro, y siente el llamado de juventud con que el Espíritu Santo siempre la enriquece.

El entusiasmo y gozo que están mostrando es un signo seguro de su amor por el Señor, y de su deseo de servirlo en la Iglesia y en sus hermanos y hermanas.

2. Hace unos días, en Wadowice, mi pueblo natal, se desarrolló el Tercer Foro Internacional de los Jóvenes. Reunió a jóvenes católicos, grecocatólicos, y ortodoxos de Polonia y Europa Oriental. Hoy, miles de personas de todo Polonia están ahí y están conectados con nosotros a través de la televisión para celebrar con nosotros esta Vigilia de Oración. Permítanme saludarlos en polaco:

Saludo a los jóvenes de habla polaca, muchos de los cuales provienen de nuestra tierra natal y de otros países alrededor del mundo, y los miles de jóvenes de todo Polonia y otros países de Europa Oriental que se reunieron en Wadowice para participar en esta vigilia de oración con nosotros. A todos ustedes les expreso la esperanza de que estos días den abundantes frutos de fervor generoso y cercanía a Jesucristo y su Evangelio.

3. Durante esta noche de Vigilia daremos la bienvenida a la Cruz de Cristo, el signo del amor de Dios por la humanidad. Alabaremos al Señor Resucitado, la luz que brilla en las tinieblas. Rezaremos según las palabras de los Salmos, repitiendo las mismas palabras que Jesús durante su vida terrenal cuando habló a su Padre,¡. Los Salmos siguen siendo la oración de la Iglesia hoy. Luego escucharemos la palabra de Dios, lámpara para nuestros pasos y luz pata nuestro camino (cf. Sal 119:105).

Los invito a ser la voz de los jóvenes de todo el mundo, expresar sus alegrías, sus frustraciones, sus esperanzas. Miren a Jesús, al que vive, y repitan lo que los apóstoles le pidieron: "Señor, enséñanos a orar". La oración será la sal que da sabor a nuestras vidas y los conducirá hacia él, la verdadera luz de la humanidad.

27/07/02: Downsview Lands, Toronto, 27 de julio, 2002.

MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II EN LA VIGILIA DE LA JMJ 2002

Queridos jóvenes,

1. Cuando en 1985, quise comenzar las Jornadas Mundiales de la Juventud, pensaba en las palabras del apóstol San Juan que hemos escuchado esta noche: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos, acerca de la Palabra de Vida. . . os lo anunciamos" (1 Jn 1:1.3). Y yo imagine la Jornada Mundial de la Juventud como un momento poderoso en el que los jóvenes del mundo pudiesen encontrarse con Cristo, quien es eternamente joven, y pudiesen aprender de él como ser anunciadores del Evangelio a los otros jóvenes.

Esta noche, junto a ustedes, alabo a Dios y le doy gracias oír el regalo dado a la Iglesia a través de la Jornada Mundial de la Juventud. Millones de jóvenes han tomado parte de ellas, y como resultado se han vuelto mejores y más comprometidos testigos cristianos. Estos especialmente agradecido con ustedes, porque respondieron a mi invitación de venir aquí a Toronto para "contarle al mundo sobre la alegría que hallaron al encontrarse con Jesucristo, su deseo de conocerlo mejor, cómo están comprometidos a proclamar el Evangelio de salvación en los confines de la tierra!" (Mensaje por la 17ma. JMJ No. 5).

2. El Nuevo milenio comenzó con dos escenarios contrastantes: por un lado, la vista de multitudes de peregrinos que llegaron a Roma durante el Gran Jubileo para cruzar la Puerta Santa que es Cristo, nuestro Salvador y Redentor; y por otro, el terrible ataque terrorista en Nueva York, una imagen que es una especie de icono de un mundo donde la hostilidad y el odio parecen prevalecer.

La pregunta que surge es dramática: ¿en qué fundamentos debemos construir la nueva era histórica que emerge de las grandes transformaciones del siglo XX? ¿Es acaso suficiente apoyarnos en la revolución tecnológica que ahora tiene lugar, que parece responder sólo a criterios de productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la dimensión espiritual personal o a los valores éticos universales? ¿Es correcto contentarnos con respuestas provisionales a las preguntas fundamentales, y abandonar la vida a los impulsos del instinto, a las sensaciones temporales o a las modas pasajeras?

La pregunta no desaparece: en qué fundamentos, en qué certezas debemos construir nuestras vidas y la vida de la comunidad a la que pertenecemos?

3. Queridos amigos, espontáneamente en sus corazones, en el entusiasmo de sus años jóvenes ustedes conocen la respuesta y la están dando a través de su presencia esta noche: solo Cristo es la piedra angular en la que es posible construir sólidamente la propia existencia. Sólo Cristo -conocido, contemplado y amado- es el amigo fiel que nunca nos deja caer, que se convierte en nuestro compañero de viaje, y cuyas palabras calientan nuestros corazones (cf. Lc 24:13-35).

El siglo veinte trató con frecuencia de actuar sin esa piedra angular y trató de construir la ciudad del hombre sin referencia a Él. Terminó construyendo esa ciudad realmente en contra del hombre! Los cristianos sabemos que no es posible rechazar o ignorara a Dios sin degradar al hombre.

4. La aspiración que nutre a la humanidad, en medio de incontables sufrimientos e injusticias, es la esperanza de una nueva civilización marcada por la libertad y la paz. Pero ante tal empresa, se necesita una nueva generación de constructores. Motivado no por el temor o la violencia sino por la urgencia del amor genuino, deben aprender a construir ladrillo por ladrillo, la ciudad de Dios dentro de la ciudad del hombre.

¡Permítanme, queridos jóvenes, consignarles mi esperanza: ustedes deben ser esos "constructores"! Ustedes son los hombres y mujeres de mañana. El futuro está en sus corazones y sus manos. Dios les confía la tarea, al mismo tiempo difícil y elevador, de trabajar con él en la construcción de la civilización del amor.

5. En la carta de Juan -el más joven de los apóstoles, y tal vez por esa razón el más amado por el Señor- hemos escuchado estas palabras: "Dios es luz y en él no hay oscuridad" (1 Jn 1:5). Pero, observa Juan, nadie ha visto a Dios. Es Jesús, el Hijo único del Padre, quien nos lo ha revelado (cf. Jn 1:18). Y si Jesús ha revelado a Dios, ha revelado la luz. Con Cristo en efecto "la luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn 1:9) ha llegado al mundo.

Queridos jóvenes, déjense llevar por la luz de Cristo y difundan esa luz por donde estén. "La luz del rostro de Jesús - afirma el Catecismo de la Iglesia Católica- ilumina los ojos de nuestro corazón y nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y compasión por todos" (No. 2715).

Si su amistad con Cristo, su conocimiento de su misterio, su entrega generosa a él, son genuinos y profundos, ustedes se convertirán en "la luz del mundo". Por esta razón, les repito las palabras del Evangelio: "Brille así vuestra luz delante de los hombres , para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5:16).

6. Esta noche, el Papa junto con todos ustedes, jóvenes de todos los continentes, reafirma ante el mundo la fe que sostienen la vida de la Iglesia. Cristo es la luz de las naciones. Él murió y resucitó para devolver a quienes peregrinan a través del tiempo la esperanza de la eternidad. El Evangelio no daña algo humano: cada valor auténtico, en cualquier cultura que aparezca es aceptado y elevado por Cristo. Sabiendo esto, los cristianos no pueden fallar al sentir en sus corazones el orgullo y la responsabilidad de su llamado a ser testigos de la luz del Evangelio.

Precisamente por esta razón, les digo esta noche: dejen que la luz de Cristo brille en sus vidas! No esperen a ser mayores para preparar su camino de santidad! La santidad siempre es joven, así como eternal es la juventud de Dios.

Comuniquen a todos la belleza del contacto Dios que da significado a sus vidas. En la búsqueda por la justicia, en la promoción de la paz, en su compromiso de fraternidad y solidaridad, no permitan que los superen!

Qué bella es la canción que hemos escuchado estos días:

"Luz del mundo! Sal de la tierra!
Sean para el mundo el rostro de amor!
Sean para la tierra el reflejo de su luz!"

Es el regalo más bello y precioso que pueden dar a la Iglesia y el mundo. Ustedes saben que el Papa está con ustedes, con su oración y bendición.

28/07/02: Downsview Lands, Toronto, 28 de julio, 2002.

HOMILÍA DE JUAN PABLO II EN LA MISA DE CLAUSURA DE LA JMJ 2002

"Ustedes son la sal de la tierra! Ustedes son la luz del mundo!" (Mt 5:13-14).

Queridos jóvenes de la XVII Jornada Mundial de la Juventud,

Queridos hermanos y hermanas,

1.En una colina cerca del lago de Galilea, los discípulos de Jesús escucharon su voz gentil y urgente; como gentil era el paisaje de Galilea y urgente como un llamado para elegir entre la vida y la muerte, entre la verdad y la falsedad. El Señor pronunció palabras de vida que resonarán para siempre en los corazones de sus seguidores.

Hoy les pronuncia las mismas palabras a ustedes, jóvenes de Toronto y Ontario, de todo Canadá, de los Estados Unidos, del Caribe, de la América de habla hispana, de la América de habla portuguesa, de Europa, de África, Asia y Oceanía. ¡Escuchen la voz de Jesús en la profundidad de sus corazones! Sus palabras les dicen quiénes son como cristianos. Les dicen lo que deben hacer para permanecer en su amor.

2. Pero Jesús les ofrece una cosa, y el "espíritu del mundo" les ofrece otra. En la lectura de hoy de la Carta de los Efesios, San Pablo nos dice que Jesús nos guía de las tinieblas hacia la luz (cf. Ef 5:8). Tal vez el gran apóstol está pensando en la luz que lo cegó, cuando perseguía cristianos en su camino a Damasco. Cuando recuperó la vista, nada fue como antes. Nació de Nuevo y nada pudo quitarle su Nuevo gozo.

Ustedes también están llamados a ser transformados. "Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo" (Eph 5:14), dice San Pablo.

El "espíritu del mundo" ofrece muchas ilusiones falsas y parodias de felicidad. Tal vez no hay oscuridad más profunda que la oscuridad que ingresa a las almas de la gente joven cuando los falsos profetas extinguen en ellos la luz de la fe, la esperanza, y el amor. La mayor decepción y la fuente más profunda de felicidad, es la ilusión de encontrar la vida excluyendo a Dios, de encontrar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal.

3. El Señor los está llamando a escoger entre estas dos voces que compiten por sus almas. Esa decisión es la sustancia y el reto de la Jornada Mundial de la Juventud. ¿Por qué han venido de todas partes del mundo? Para decir en sus corazones: "Señor, ¿donde quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna " (Jn 6:68). Jesús -al amigo íntimo de todo joven- tiene las palabras de vida.

El mundo que están heredando es un mundo que necesita desesperadamente un nuevo sentido de fraternidad y solidaridad humana. Es un mundo que necesita ser tocado y reconciliado por la belleza y riqueza del amor de Dios. Necesita testigos de ese amor. Los necesita a ustedes para que sean sal de la tierra y luz del mundo.

4. La sal se usa para conservar y mantener sanos los alimentos. Como apóstoles del tercer milenio os corresponde a vosotros conservar y mantener viva la conciencia de la presencia de Jesucristo, nuestro Salvador, de modo especial en la celebración de la Eucaristía, memorial de su muerte redentora y de su gloriosa resurrección. Debéis mantener vivo el recuerdo de las palabras de vidas que pronunció, de las espléndidas obras de misericordia y de bondad que realizó. ¡Debéis constantemente recordar al mundo que "el Evangelio es fuerza de Dios que salva" (Rm 1,16)!

La sal condimenta y da sabor a la comida. Siguiendo a Cristo, debéis cambiar y mejorar el "sabor" de la historia humana. Con vuestra fe, esperanza y amor, con vuestra inteligencia, fortaleza y perseverancia, debéis humanizar el mundo en que vivimos. El modo para alcanzarlo lo indicaba ya el Profeta Isaías en la primera lectura de hoy: "Suelta las cadenas injustas... parte tu pan con el hambriento... Cuando destierres de ti el gesto amenazador y la maledicencia... brillará tu luz en las tinieblas" (Is 58, 6-10).

5. Aún una llama pequeña vence la dureza de la noche. Cuánta más luz harán ustedes, todos juntos, si son uno en la comunión de la Iglesia! Si aman a Jesús, aman a la Iglesia! No se desalienten por los pecados y errores de algunos de sus miembros. El daño hecho por algunos sacerdotes y religiosos a los jóvenes y vulnerables nos llena con un profundo sentimiento de tristeza y vergüenza. Pero piensen en la vasta mayoría de sacerdotes dedicados y generosos cuyo único deseo es servir y hacer el bien! Hay muchos sacerdotes, seminaristas y consagrados aquí hoy; acérquense a ellos y apóyenlos! Y si, en lo profundo de sus corazones, sienten el mismo llamado al sacerdocio o la vida consagrada, no teman seguir a Cristo en el noble camino de la Cruz! En los momentos difíciles de la vida de la Iglesia, la búsqueda de la santidad se hace cada vez más urgente. Y la santidad no es una cuestión de edad; es un asunto de vivir en el Espíritu Santo, así como lo hicieron Kateri Tekakwitha y tantos otros jóvenes.

Ustedes son jóvenes, y el Papa es Viejo y está un poco cansado. Pero se sigue identificando totalmente con sus esperanzas y aspiraciones. Aunque yo he vivido a través de mucha oscuridad, bajo la hostilidad de los regímenes totalitarios, he visto suficiente evidencias para convencerme de que no hay dificultad, ni termo tan grande como para sofocar completamente la esperanza que siempre brota en los corazones de los jóvenes.

No permitan que esa esperanza muera! Afinquen sus vidas en ella! No somos la suma de nuestras debilidades y fallas, somos la suma del amor del Padre por nosotros y nuestra capacidad real de convertirnos en la imagen de su Hijo.

O Señor Jesucristo,
mantén a estos jóvenes en tu amor.

Hazlos escuchar tu voz,
y creer en lo que tú dices,
Tú solo tienes palabras de vida.

Enséñales a profesar su fe,
a compartir su amor,
y dar esperanza a los demás.

Haz de ellos testigos convincentes de tu Evangelio
en un mundo tan necesitado
de su gracia salvífica.

Haz de ellos el nuevo pueblo de las Bienaventuranzas,
que sean sal de la tierra
y luz del mundo al inicio del tercer Milenio Cristiano!

María, Madre de la Iglesia,
protege y guía a estos hombres y mujeres
jóvenes del siglo XXI.
Mantenlos cerca de tu corazón maternal. Amén.

28/07/02: Downsview Lands, Toronto, 28 de julio, 2002.

PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II DURANTE EL ÁNGELUS
AL FINAL DE MISA DE CLAUSURA DE LA JMJ 2002

Terminamos esta espléndida celebración de la Eucaristía con el rezo del Angelus a María, Madre del Redentor.

A ella le confío los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud, que en tiempo, con su ayuda, florecerán. Esta Jornada Mundial de la Juventud debe marcar un nuevo despertar en la atención pastoral a los jóvenes de Canadá. Que el entusiasmo de este momento sea la centella necesaria para lanzar una nueva era de testimonio poderoso del Evangelio!

Deseo anunciar formalmente que la próxima Jornada Mundial de la Juventud se celebrará en el año 2005, en Colonia, Alemania.

En la gran Catedral de Colonia, se honran las reliquias de los Magos, os tres sabios de Oriente que siguieron la estrella que los condujo a Cristo. Como peregrinos, su peregrinación a Colonia empieza hoy. Cristo los esperará ahí para la Vigésima Jornada Mundial de la Juventud!

Que la Virgen María, nuestra Madre en la peregrinación de la fe, los acompañe en el camino.

28/07/02: Downsview Lands, Toronto, 28 de julio, 2002.

Saludo final del Papa Juan Pablo II a los participantes de la JMJ 2002

Deseo agradecer a todos los que han colaborado para hacer de la Jornada Mundial de la Juventud un éxito: a los ciudadanos de Toronto, los voluntarios, la policía, los bomberos, el alcalde y las autoridades en todos los niveles del gobierno.

Mi saludo de corazón a las otras iglesias cristianas y comunidades representadas aquí, así como a los seguidores de otras tradiciones religiosas.

Mi deseo para todos ustedes aquí es que los compromisos que han tomado en estos días de fe y celebración les traigan abundantes frutos de dedicación y testimonio. Que siempre atesoren la memoria de Toronto!

Extiendo mi especial gratitud al Cardenal Ambrozic, Arzobispo de Toronto, a los obispos de la Conferencia Episcopal canadiense y al Comité Organizador. Mi agradecimiento también al Pontifico Consejo para os Laicos en la persona de su presidente, el Cardenal James Francis Stafford.

Saludo a los cardenales y obispos que han llegado de otras partes del mundo; y a todos los sacerdotes, diáconos y religiosos que compartieron estos días con los jóvenes.

Al prepararnos para regresar a casa, les digo, en las palabras de San Agustín: "Nos hemos alegrado juntos en la luz que compartimos. Realmente hemos disfrutado estar juntos. Pero al separarnos, no nos separemos de Él " (In Io.ev. tr., 35,9).

Gracias a todos los jóvenes de habla hispana. No teman responder generosamente al llamado del Señor. Dejen que su fe brille en el mundo, que sus acciones muestren su compromiso con el mensaje salvífico del Evangelio!

Queridos jóvenes de habla portuguesa: la Jornada Mundial de la Juventud no termina aquí; seguirá en sus vidas de fidelidad a Cristo. Sean sal! Sean luz para el mundo a su alrededor!

Queridos jóvenes italianos: Mantengan vivo e regalo de la fe que los ha sostenido en estos días. La Iglesia necesita su dedicación. Arrivederci a Roma!

Queridos amigos de habla germana: Ustedes tienen que mantener vivo de una manera especial el espíritu de la Jornada Mundial de la Juventud, para preparase rumbo a Colonia 2005. Trabajen para construir una civilización de amor y justicia.

¡Que su luz guíe a muchos otros al reino de santidad, verdad y justicia de Cristo!

Mis pensamientos ahora se van hasta nuestra tierra natal, Polonia, la que pronto visitaré de nuevo.

Nunca pierdan de vista su herencia cristiana. Es ahí donde encontrarán la sabiduría y coraje que necesitan para enfrentar los enormes desafios morales y éticos de nuestros tiempos. Los confío a todos a la protección de Nuestra Señora de Jasna Góra.

Agradecemos este aporte a
Eduardo Lasarte
desde Rosario, Argentina


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