CIUDAD DEL VATICANO, 14 abr (ZENIT.org).- Los
grandes desafíos para el futuro de Argentina --que no puede medirse
sólo por su capacidad de producción-- fueron afrontados hoy
por Juan Pablo II al recibir al nuevo embajador de este país ante
la Santa Sede, Vicente Espeche Gil. Ofrecemos a continuación las
palabras que pronunció el Santo Padre.
Señor Embajador:
1. Con gusto recibo las Cartas Credenciales
que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la
República Argentina ante la Santa Sede. Le agradezco sinceramente
las palabras que ha tenido a bien dirigirme, que son una muestra de las
buenas relaciones existentes entre esta Sede Apostólica y esa noble
Nación del Cono Sur americano, cuyos habitantes, como Usted ha señalado,
a la vez que conservan en sus tradiciones profundos valores humanos, se
sienten muy arraigados en la fe católica, de la que surge un sentido
de la vida y una guía moral con repercusiones beneficiosas para
la vida social argentina.
Agradezco asimismo el amable saludo de parte del Señor Presidente de la Nación, el Doctor Fernando de la Rúa, en el cual manifiesta sus sentimientos personales y el deseo de acrecentar la tradicional cooperación entre la Iglesia y el Estado para la consecución del bien común. Le ruego, Señor Embajador, que se haga intérprete de mi reconocimiento por ello ante el primer Mandatario del País, a quien hago mis mejores votos por su alta y delicada responsabilidad.
2. En los últimos años, Usted
ha representado a su Nación en Israel, que yo he tenido la dicha
de visitar recientemente dentro de la gran peregrinación a los lugares
relacionados con la historia de la salvación. Ahora, después
de haber desarrollado su misión diplomática en la tierra
donde vivió el Hijo de Dios hecho hombre, viene Usted a continuar
su labor ante esta Sede Apostólica, en la misma representación
diplomática en la que ya hace unos
años prestó sus servicios.
En estas circunstancias, le resultará
familiar la naturaleza de esta nueva e importante responsabilidad que su
Gobierno le ha encomendado. Es, en cierto modo, una misión del todo
singular, teniendo en cuenta el papel que
desempeña la Santa Sede en el concierto
de las naciones para conseguir una mejora de las relaciones entre los pueblos,
una convivencia más pacífica y una colaboración más
estrecha entre todos. Su actividad, de carácter
eminentemente espiritual, se inspira en la
convicción de que «la fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta
el plan divino sobre la entera vocación del hombre; por ello orienta
el espíritu hacia soluciones plenamente humanas» («Gaudium
et spes», 11). Por eso, la Santa Sede, además de prestar atención
a las Iglesias particulares de cada nación, se preocupa también
por el bien de todos los ciudadanos y trata de hacer valer en los foros
internacionales aquellos derechos de las personas y los pueblos que hacen
honor a su dignidad y a la excelsa vocación que Dios ha otorgado
a cada ser humano.
3. Deseo asegurarle, Señor Embajador, que en mi solicitud por todas la Iglesias, me siento muy cerca de Argentina, me alegro con sus logros y comparto sus preocupaciones.
En este sentido, es motivo de satisfacción
el que la Nación haya podido vivir en los últimos años
en un clima de serenidad política, sin grandes sobresaltos, aun
cuando haya debido enfrentarse a una herencia de serias dificultades en
la convivencia y delicadas situaciones en el campo económico. Ha
demostrado así que el País puede afrontar su propio destino
mediante una normal actividad democrática, que asegure la participación
de los ciudadanos en las opciones políticas y la alternancia ordenada
de los gobernantes, en el reconocimiento de la aportación que cada
uno ha dado a la vida de la Nación. Deseo ardientemente que esta
madurez cívica se afiance cada vez más en una recta concepción
de la persona humana. Una conciencia profunda de estos valores favorecerá
el que, no obstante las
legítimas diferencias, se produzca
una confluencia entre las diferentes fuerzas políticas para resolver
aquellas cuestiones más acuciantes, que afectan a los intereses
generales de la Nación y, sobre todo, a las exigencias de la justicia
y de la paz.
En esta tarea, su Gobierno es consciente de
la importancia que ha de darse, no sólo a las medidas propias de
la técnica administrativa o financiera, sino también a la
concienciación de los ciudadanos para que participen con
esperanza y espíritu de colaboración
en el bien común, sin que las legítimas divergencias se transformen
en antagonismos irreductibles. Para ello hacen falta ideales verdaderamente
profundos y duraderos, anclados en la verdad objetiva sobre el ser humano,
de los que los más altos responsables de la sociedad han de dar
testimonio con su afán de servicio, trasparencia y lealtad, contagiando,
por decirlo así, a todo el pueblo su propio compromiso de construir
un futuro mejor.
4. También es importante que los programas
de un Gobierno para impulsar decididamente el crecimiento de la Nación
tengan en cuenta la integridad del progreso del ser humano, que es individual
y social al mismo tiempo, y
en el que los valores espirituales y religiosos
no son menos básicos que los materiales.
En efecto, el crecimiento de un País no se puede medir exclusivamente por la riqueza que produce, aún cuando ésta sea una condición indispensable y, por tanto, un objetivo a perseguir. Por eso, cuando se relega alguna de las dimensiones esenciales del desarrollo integral se corre el riesgo de crear nuevos desequilibrios y, a fin de cuentas, poner en peligro incluso las conquistas ya logradas. Su Gobierno es consciente de que no basta un incremento de la producción si ésta no se transforma en bienestar real para todos, que no existe un verdadero bienestar sin una adecuada educación en los diversos niveles y accesible a todos, un orden social justo y una administración de justicia ágil. Tampoco se construirá un futuro sólido y esperanzador si se abandonan los valores e instituciones básicas de toda sociedad, como la familia, la protección de los menores y los más desasistidos y, menos aún, si se horadan los fundamentos mismos del derecho, la libertad y la dignidad de las personas, atentando a la vida desde el momento de su concepción. Como Usted ha indicado, estos valores son patrimonio común, que han de ser defendidos también en los foros internacionales para ofrecer un futuro más esperanzador a todo el género humano.
5. Señor Embajador, en este momento
en que comienza el ejercicio de la alta función para la que ha sido
designado, le deseo que su tarea sea fructuosa y contribuya a que se consoliden
cada vez más las buenas relaciones existentes entre esta Sede Apostólica
y la República Argentina, para lo cual podrá contar siempre
con la acogida y el apoyo de mis colaboradores. Al pedirle que se haga
intérprete ante el Señor Presidente de la Nación y
del querido pueblo argentino de mis sentimientos y augurios, le aseguro
mi plegara ante el Todopoderoso, por intercesión de la Virgen de
Luján, para que asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida
familia, al personal de esa Misión Diplomática y a los gobernantes
y ciudadanos de su País, al que recuerdo con afecto y sobre el que
invoco abundantes bendiciones del Señor.
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Jóvenes de Acción
Católica Argentina
Arquidiócesis de Rosario
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