1. La Iglesia, en su peregrinación hacia
la comunión plena de amor con Dios se presenta como un «pueblo
congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
Esta estupenda definición de san Cipriano («De
Orat.Dom». 23; cf. LG 4) nos introduce
en el misterio de la Iglesia, hecha comunidad de salvación por la
presencia de Dios Trinidad. Como el antiguo pueblo de Dios, es guiada en
su nuevo Éxodo por la columna de nube durante
el día y por la columna de fuego durante
la noche, símbolos de la constante presencia divina. En este horizonte,
queremos contemplar la gloria de la Trinidad, que hace a la Iglesia una,
santa, católica y apostólica.
Iglesia una
2. La Iglesia es ante todo «una».
Los bautizados, de hecho, están unidos misericordiosamente con Cristo
y constituidos como su Cuerpo místico en la fuerza del Espíritu
Santo. Como afirma el Concilio Vaticano II «el supremo modelo y el
principio de este misterio es la unidad en la Trinidad de las personas
en un solo Dios, Padre e Hijo en el Espíritu Santo» («Unitatis
Redintegratio», 2). Si bien en la historia esta unidad ha experimentado
la
prueba dolorosa de muchas divisiones, su inagotable
manantial trinitario lleva a la Iglesia a vivir cada vez más profundamente
esa «koinonia» o comunión que resplandecía en
la primera comunidad de Jerusalén (cf. Hechos
de los Apóstoles, 2, 42; 4, 32).
Desde esta perspectiva cobra luz el diálogo
ecuménico, pues gracias a ella todos los cristianos son conscientes
del fundamento trinitario de la comunión. «La "koinonia" es
obra de Dios y tiene un carácter marcadamente trinitario. En el
bautismo se da el punto de partida de la iniciación de la "koinonia"
trinitaria por medio de la fe, a través de Cristo, en el Espíritu...
Los medios que el Espíritu ha dado para sostener la "koinonia" son
la palabra, el misterio, los sacramentos, los carismas» (Perspectivas
sobre la "koinonia", Informe del III quinquenio 1985-89 del diálogo
católicos-pentecostales, n. 31). En
este sentido, el Concilio recuerda a todos los fieles que «cuanto
más se unan en estrecha comunión con el Padre, con el Verbo
y con el Espíritu, tanto más íntima y fácilmente
podrán acrecentar la mutua hermandad» «Unitatis Redintegratio»,
7).
Iglesia santa
3. La Iglesia también es «santa».
En el lenguaje bíblico, antes que referirse a la santidad moral
y existencial del fiel, el concepto de «santo» se refiere a
la consagración realizada por Dios a través de la elección
y de la gracia ofrecida a su pueblo. La presencia divina, por tanto, «consagra
en la verdad» a la comunidad de los creyentes (cf. Juan 17, 17.19).
Y el signo más elevado de esta presencia está constituido
por la liturgia, que es la epifanía de la consagración del
pueblo de Dios. En ella se da la presencia eucarística del cuerpo
y de la sangre del Señor,
pero también «nuestra eucaristía,
es decir, nuestra manera de dar gracias a Dios, de alabarle, por habernos
redimido con su muerte y hacernos partícipes de la vida inmortal
por medio de su resurrección. Este culto,
dirigido a la Trinidad del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo, acompaña y se enraiza ante todo en
la celebración de la liturgia eucarística. Pero debe asimismo
llenar nuestros templos y la vida de la Iglesia («Dominicae
Coenae» n. 3). Precisamente «al
unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza de la Trinidad, correspondemos
a la íntima vocación de la Iglesia y participamos con gusto
anticipado de la liturgia de la gloria perfecta
del cielo» («Lumen Gentium»
51).
Iglesia católica
4. La Iglesia es «católica»,
enviada por el anuncio de Cristo al mundo entero con la esperanza de que
todos los jefes de los pueblos se reúnan con el pueblo del Dios
de Abraham (cf. Salmo 47,10; Mateo 28,19). Como afirma el Concilio Vaticano
II, «La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto
que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo,
según el designio de Dios Padre. Pero este designio dimana del "amor
fontal" o de la caridad de Dios Padre, que,
siendo Principio sin principio, engendra al Hijo, y a través del
Hijo procede el Espíritu Santo, por su excesiva y misericordiosa
benignidad, creándonos libremente y llamándonos
además sin interés alguno a
participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con
liberalidad la bondad divina y no cesa de difundirla, de forma que el que
es Creador del universo, se haga por fin "todo en todas las
cosas" ( 1 Cor., 15,28 ), procurando a un
tiempo su gloria y nuestra felicidad («Ad Gentes», 2)
Iglesia apostólica
5. La Iglesia, por último, es «apostólica».
Según el mandato de Cristo, los apóstoles tienen que ir y
a enseñar a todas las naciones bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles
a
observar todo aquello que él ha ordenado
(cf. Mateo, 28, 19-20). Esta misión se extiende a toda la Iglesia,
quien a través de la palabra, hecha viva, luminosa y eficaz por
el Espíritu Santo y los sacramentos «realiza el
designio de Dios, al que sirvió Cristo
con obediencia y amor para gloria del Padre que lo envió, para que
todo el género humano forme un solo Pueblo de Dios, se constituya
en Cuerpo de Cristo, se estructure en un templo del
Espíritu Santo» («Ad Gentes»,
7).
La Iglesia una, santa, católica y apostólica
es pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo.
Estas tres imágenes bíblicas apuntan de manera luminosa hacia
la dimensión trinitaria de la Iglesia. En esta dimensión
se identifican todos los discípulos de Cristo, llamados a vivirla
de manera cada vez más profunda, y con una comunión cada
vez más viva. El mismo ecumenismo encuentra en la referencia trinitiaria
su fundamento sólido, pues el Espíritu «une a los fieles
con Cristo, mediador de todo don de salvación, y les ofrece --a
través de él-- el acceso al Padre, que en el mismo Espíritu
pueden llamar abbá, Padre» (Comisión Conjunta Católica
Romanos-Evangélicos Luteranos, Iglesia y justificación, n.
64). En la Iglesia, por tanto, nos encontramos con una grandiosa epifanía
de la gloria trinitaria. Aceptamos, entonces, la invitación de que
nos dirige san Ambrosio: «Levántate, tú que antes estabas
tumbado durmiendo... Levántate y ven corriendo a la Iglesia: aquí
está el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu Santo»
(«In Lucam», VII).
a ZENIT
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