HOMILIA DEL PAPA JUAN PABLO II
EN LA NOCHEBUENA DEL 24 DE DICIEMBRE DE 1999
CIUDAD DEL VATICANO, 25 dic (ZENIT).- El Salvador
de la humanidad hecho niño. Este es el mensaje original de la Navidad
que en ocasiones corre el riesgo de quedar olvidado por el materialismo
que tienta al mundo globalizado. Y esta fue precisamente la realidad que
quiso recordar con fuerza Juan Pablo II en la misma celebración
en la que abrió la Puerta Santa del Jubileo del año 2000.
Estas fueron las palabras que pronunció el
pontífice durante la homilía
de la Eucaristía de Nochebuena.
* * *
1. "Hodie natus est nobis Salvator mundi"
(Salmo responsorial).
Desde hace veinte siglos brota del corazón
de la Iglesia este anuncio alegre. En esta Noche Santa el ángel
lo repite a nosotros, hombres y mujeres del final de milenio: "No temáis,
pues os anuncio una gran alegría... Os ha nacido hoy, en la ciudad
de David, un salvador" (Lc 2,10-11). Nos hemos preparado a acoger estas
consoladoras palabras durante el tiempo de Adviento: en ellas se actualiza
el "hoy" de nuestra redención.
En esta hora, el "hoy" resuena con un tono
singular: no es sólo el recuerdo del nacimiento del Redentor, es
el comienzo del Gran Jubileo. Nos unimos, pues, espiritualmente a aquel
momento singular de la historia en el cual
Dios se hizo hombre, revistiéndose
de nuestra carne. Sí, el Hijo de Dios, de la misma naturaleza
del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, engendrado eternamente por el Padre,
tomó cuerpo de la Virgen y asumió nuestra naturaleza humana.
Nació en el tiempo. Dios entró en la historia humana. El
incomparable "hoy" eterno de Dios se ha hecho presencia en las vicisitudes
cotidianas del hombre.
2. "Hodie natus est nobis Salvator mundi"
(cf. Lc 2,10-11).
Nos postramos ante el Hijo de Dios. Nos unimos
espiritualmente a la admiración de María y de José.
Adorando a Cristo, nacido en una gruta, asumimos la fe llena de sorpresa
de aquellos pastores; experimentemos su misma admiración y su misma
alegría.
Es difícil no dejarse convencer por
la elocuencia de este acontecimiento: nos quedamos embelesados. Somos testigos
de aquel instante del amor que une lo eterno a la historia: el "hoy" que
abre el tiempo del júbilo y de la
esperanza, porque "un hijo se nos ha dado.
Sobre sus hombros la señal del principado" (Is 9,5), como leemos
en el texto de Isaías.
Ante el Verbo encarnado ponemos las alegrías y temores, las lágrimas y esperanzas. Sólo en Cristo, el hombre nuevo, encuentra su verdadera luz el misterio del ser humano.
Con el apóstol Pablo, meditamos que en Belén "ha aparecido la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres" (Tt 2,11). Por esta razón, en la noche de Navidad resuenan cantos de alegría en todos los rincones de la tierra y en todas las lenguas.
3. Esta noche, ante nuestros ojos se realiza lo que el Evangelio proclama: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él...tenga vida" (Jn 3,16).
¡Su Hijo unigénito! ¡Tú, Cristo, eres el Hijo unigénito del Dios vivo, venido en la gruta de Belén! Después de dos mil años vivimos de nuevo este misterio como un acontecimiento único e irrepetible. Entre tantos hijos de hombres, entre tantos niños venidos al mundo durante estos siglos, sólo Tú eres el Hijo de Dios: tu nacimiento ha cambiado, de modo inefable, el curso de los acontecimiento humanos.
Ésta es la verdad que en esta noche
laa Iglesia quiere transmitir a tercer milenio. Y todos vosotros, que vendréis
después de nosotros, procurad acoger esta verdad, que ha cambiado
totalmente la historia. Desde la noche
de Belén, la humanidad es consciente
de que Dios se hizo Hombre: se hizo Hombre para hacer al hombre partícipe
de la naturaleza divina.
4. ¡Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo! En el umbral del tercer milenio, la Iglesia te saluda, Hijo de Dios, que viniste al mundo para vencer a la muerte. Viniste para iluminar la vida humana mediante el Evangelio. La Iglesia te saluda y junto contigo quiere entrar en el tercer milenio. Tú eres nuestra esperanza. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna.
Tú, que viniste al mundo en la noche de Belén, ¡quédate con nosotros! Tú, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, ¡guíanos! Tú, que viniste del Padre, llévanos hacia Él en el Espíritu Santo, por el camino que sólo Tú conoces y que nos revelaste para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia. Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, ¡sé para nosotros la Puerta! ¡Sé para nosotros la verdadera Puerta, simbolizada por aquélla que en esta Noche hemos abierto solemnemente! Sé para nosotros la Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. ¡Haz que nadie quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz!
"Hodie natus est nobis Salvator mundi": ¡Cristo es nuestro único Salvador! Éste es el mensaje de Navidad de 1999: el "hoy" de esta Noche Santa da inicio al Gran Jubileo.
María, aurora de los nuevos tiempos,
quédate junto a nosotros, mientras con confianza recorremos los
primeros pasos del Año Jubilar.
Amén.
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