Indice

La Eucaristía, manantial del compromiso misionero en la Iglesia
Juan Pablo II

La Eucaristía, fuente de liberación para las culturas
Intervención del cardenal Lustiger en el Congreso Eucarístico Internacional

La Eucaristía, la fuerza del apostol de los niños de la calle
La experiencia del padre Calabria, un santo de este siglo

Reflexión de Corpus Christi

El Milagro Eucarístico de Lanciano



 

La Eucaristía,
manantial del compromiso misionero en la Iglesia

Intervención de Juan Pablo II
en la audiencia general del
Miércoles, 21 de Junio del Año Jubilar 2000. -

1. «Jesús, único Salvador del mundo, pan para la nueva vida»: este es el tema del cuadragésimo Congreso Eucarístico Internacional que, iniciado el domingo pasado, terminará el próximo domingo con la «Statio Orbis» en la plaza de San Pedro.

El Congreso presenta la Eucaristía como el centro del gran Jubileo de la Encarnación y manifiesta toda su profundidad espiritual, eclesial y misionera. De la Eucaristía, en efecto, la Iglesia y todo creyente sacan la fuerza indispensable para anunciar y testimoniar a todos el Evangelio de la salvación. La celebración de la Eucaristía, sacramento de la Pascual del Señor, es en sí misma un acontecimiento misionero, que introduce en el mundo el germen fecundo de la nueva vida.

Esta característica misionera de la Eucaristía es recordada explícitamente por san Pablo en la Carta a los Corintios: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1
Corintios 11, 26).

2. La Iglesia retoma las palabras de san Pablo en la doxología, después de la consagración. La Eucaristía es sacramento «misionero» no sólo porque de ella mana la gracia de la misión, sino también porque contiene en sí misma el principio y la fuente perenne de la salvación para todos los hombres. La celebración del sacrificio eucarístico es, por tanto, el acto misionero más eficaz que la comunidad eclesial puede hacer en la historia del mundo.

Toda misa se concluye con el mandato misionero «podéis ir en paz», que invita a los fieles a llevar el anuncio del Señor resucitado a las familias, a los ambientes de trabajo y a la sociedad, al mundo entero. Precisamente por esto, en la carta «Dies Domini» he invitado a los fieles a imitar el ejemplo de los discípulos de Emaús, que, tras haber reconocido «en la fracción del pan» a Cristo resucitado (cf. Lucas 24, 30-32), sintieron la necesidad de ir inmediatamente a compartir con todos los hermanos la alegría del encuentro con Él (cf. n. 45). El «pan partido» abre la vida del cristiano y de toda la comunidad a compartir el don de sí para la vida del mundo (cf. Juan  6, 51). La Eucaristía realiza este nexo inseparable entre comunión y misión, que hace de la Iglesia el sacramento de la unidad de todo el género humano (cf. «Lumen gentium», 1).

3. Hoy es particularmente necesario que, en la celebración de la Eucaristía, cada comunidad cristiana tome la convicción interior y la fuerza espiritual para salir de sí misma y abrirse a las demás comunidades más pobres y necesitadas de apoyo en el campo de la evangelización y de la cooperación misionera, favoreciendo ese fecundo intercambio de dones recíprocos que enriquece a toda la Iglesia.

Es muy importante también discernir a la luz de Eucaristía las vocaciones y ministerios misioneros. Siguiendo el ejemplo de la primitiva comunidad de Antioquía, reunida «en la celebración del culto del Señor», cada comunidad
cristiana está llamada a escuchar el Espíritu y a acoger las invitaciones, reservando para la misión universal las mejores fuerzas de sus hijos, enviados con alegría al mundo y acompañados por la oración y por el apoyo espiritual y material que necesitan (cf. Hechos de los Apóstoles, 13, 1-3).

La Eucaristía es, además, una escuela permanente de caridad, de justicia y de paz, para renovar en Cristo al mundo circunstante. Los creyentes sacan de la presencia del Resucitado la valentía para ser agentes de solidaridad y de renovación, comprometidos en el cambio de las estructuras de pecado en el que los individuos, las comunidades, y a veces pueblos enteros, están enredados (cf. «Dies Domini», 73).

4. En esta reflexión sobre el significado y sobre el contenido misionero de la Iglesia no puede faltar, por último, la alusión a esos singulares «misioneros» y testigos de la fe y del amor de Cristo que son los mártires. Las reliquias de los mártires, que se ponen desde la antigüedad debajo del altar, donde se celebra el memorial de la «víctima inmolada por nuestra reconciliación», constituyen un claro signo del vigor que emana del sacrificio de Cristo. Esta energía espiritual lleva a cuantos se nutren del cuerpo del Señor a ofrecer la propia vida por Él y por los hermanos,
mediante el don total de sí, hasta el derramamiento de la sangre, si es necesario.

Que el Congreso Eucarístico Internacional reavive en los creyentes, por intercesión de María, Madre de Cristo inmolado por nosotros, la conciencia del compromiso misionero que surge de la participación en la Eucaristía. El «cuerpo entregado» y la «sangre derramada» (cf. Lucas 22,19-20) constituyen el criterio más elevado al que tienen y tendrán que referirse siempre al entregarse por la salvación del mundo.
 

LA EUCARISTIA, FUENTE DE LIBERACIÓN PARA LAS CULTURAS
Intervención del cardenal Lustiger en el Congreso Eucarístico Internacional

ROMA, 22 junio (ZENIT.org).- «La Eucaristía manantial de cultura» ha sido el original tema de la catequesis que ofreció esta mañana el cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, en la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma, ante los participantes en el Congreso Eucarístico Internacional que tiene lugar esta semana.

Ciertamente, el purpurado francés dejó muy claro que la celebración de la Eucaristía, «no expresa los mitos característicos de una cultura». El cristianismo no es una cultura. Es más, «Occidente se llama cristiano sin serlo en toda su profundidad. El cristianismo no es ni siquiera de origen europeo. Ahora bien, la fe cristiana ha fecundado Europa y le ha dado la posibilidad de dar frutos de humanidad, de belleza y de verdad que se han expandido a pesar de los mesianismos europeos».

La Eucaristía, sin embargo,  se presenta como manantial de cultura. Así lo expresó Cristo, en la Última Cena, cuando dejó el memorial de su sacrificio «para la salvación de todos los hombres». A diferencia de lo que antes sucedía con el pueblo judío, «sus discípulos provenientes de todas las naciones no quedarán reducidos al primer grupo que le siguió a partir del lago de Tiberíades».

El cardenal Lustiger sabía de qué hablaba pues es de origen judío. Su madre murió en Auswitchz. En esos años, una familia de Orléans le salvó la vida y, su testimonio le ayudó a convertirse al cristianismo.

«Cada cristiano, en el misterio eucarístico, está personalmente identificado con el mismo Cristo, y al mismo se encuentra en comunión con los demás miembros de su Cuerpo», dijo. Esta universalidad de la Eucaristía imprime una universalidad que está sobre las culturas y que las enriquece.

«La Iglesia es el sacramento de esta universalidad que hay que llamar "católica". Se distingue radicalmente de la universalidad reductora realizada por la globalización de la tierra. En el Pan del Cielo, en la persona de Cristo, cada persona y cada cultura se encuentran en comunión con la totalidad de la humanidad. En la catolicidad eucarística de la cultura, toda la humanidad victoriosa de la muerte esta presente».

La Eucaristía, aclaró el prelado francés, «introduce en cada cultura rasgos originales, que siempre provocan nuevos frutos». En particular --dijo-- «trae la liberación de las antiguas esclavitudes de la humanidad, pues al ofrecernos al Salvador que nos libera de los pecados nos introduce en la vida divina».

«Una cultura alimentada por el misterio eucarístico será liberada de la culpabilidad que estructura ineluctablemente la conciencia humana --añadió--. Pues el hombre no e juzgado sólo por su conciencia abandonada en su soledad o en el juicio del grupo. Se presenta ante el amor de Dios, "rico en misericordia" del que ha recibido la revelación en Cristo».

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico tenderá sin cesar a derribar las jerarquías que toda sociedad humana establece, entre los poderosos y los débiles, entre los sabios y los ignorantes, los maestros y los esclavos..., pues Jesús el Señor y Maestro, se hizo el último y el servidor de todos y nos pide que hagamos lo mismo.

«Una cultura alimentada por el misterio eucarístico --concluyó-- enseñará a los hombres a dar gracias y a alegarse por los dones que no dejan de recibir, dirigiéndose a Dios, nuestro Creador y nuestro Padre. Enseñará a
los hombres el misterio mesiánico de la salvación y alertará a cada uno y a todos para no substituirse al único Mesías», como por desgracia ha sucedido en este siglo.
 

LA EUCARISTIA, LA FUERZA DEL APOSTOL DE LOS NIÑOS DE LA CALLE
La experiencia del padre Calabria, un santo de este siglo

CIUDAD DEL VATICANO, 22 junio (ZENIT.org).- El amor de Jesús no acabó con su muerte y resurrección, está presente, a nuestro lado, en la Eucaristía. Esta es la convicción que cambió decisivamente la vida de Giovanni
Calabria, conocido también como el apóstol de los niños de la calle en este siglo, a quien Juan Pablo II canonizó el año pasado.

Nacido en Verona (Italia), en 1873, nada más ser ordenado sacerdote (1907), Calabria se hizo famoso por su cercanía a los pobres y a los que sufren. Su preocupación por los adolescentes abandonados le llevó a fundar en 1907 una casa de acogida. Pronto, sus hogares para los pequeños fueron extendiéndose por Italia y por el mundo.

Al constatar el drama de muchas de estas vidas jóvenes, causado en ocasiones por las plagas sociales, consideraba que el único remedio consiste en anunciar al mundo que Dios es Padre y que en la Eucaristía, «se encuentra el mismo Jesús para estar siempre a nuestro lado, para que nos dirijamos a él para recibir con confianza ayuda, consuelo y toda gracia».

Este fue el motivo que le llevó a fundar dos congregaciones religiosas: los Pobres Siervos y las Pobres Siervas de la Divina Providencia. «Sed evangelios vivientes», solía repetir a sus religiosos y a los muchachos de los hogares que creó. Con ello les pedía que hicieran experimentar a todos los que se encontraran en la vida el amor de Dios y que demostraran con los hechos que Dios actúa en la historia.

«Jesús siempre está a mi lado, me llama, me ama y quiere que yo sea santo. Pobre de mí si no me lo tomo en serio», escribía en su diario y lo hizo en 170 ocasiones.

El padre Calabria no hacía nada si antes no se había recogido ante el sagrario para rezar, para reflexionar, para pedir un consejo al Señor. En lo momentos difíciles, no sólo para sus hermanos sino también para el mundo, como en el caso de la segunda guerra mundial, mandaba a sus religiosos ante la Eucaristía para presentar a Jesús las dificultades y postrarse durante horas de adoración. Definía la celebración eucarística como la «vida del cielo en la tierra».

Juan Pablo II, en la audiencia general que ofreció tras la canonización del padre Calabria, citó las palabras de una profesora judía a quien el sacerdote le salvó la vida durante la ocupación nazi escondiéndola en un convento: «En todo instante de su vida ha sido la personificación del himno a la caridad de san Pablo».

Giovanni Calabria murió junto a Verona, en San Zeno, el 4 de diciembre de 1954. Fue beatificado por Juan Pablo II el 17 de abril de 1988 y canonizado el 18 de abril de 1999.  Actualmente las congregaciones religiosas que fundó se encuentran presentes en Italia, en varios países de América Latina, en África, Filipinas, India y Rumanía. Cuentan con unas cien religiosas y unos 250 religiosos. En Roma, por ejemplo, dirigen un comedor para pobres que ofrece unas 150 comidas al día, un centro de orientación vocacional y un servicio diurno para enfermos mentales. Nada de todo esto se puede explicar sin el amor por Cristo Eucaristía.

Este testimonio, al igual que los que estamos ofreciendo durante el Congreso Eucarístico Internacional, puede ser profundizado en el libro «Eucaristía: Santidad y Santificación» («Librería Editora Vaticana»), preparado por la Congregación vaticana para las Causas de los Santos y que puede ser pedido, sólo en italiano, en la dirección: lev@publish.va
 
 
 

Agradecemos este aporte
a ZENIT




 
 
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