CIUDAD DEL VATICANO, 24 nov (ZENIT).- "El compromiso por la promoción de la mujer" ha sido el tema al que ha querido dedicar Juan Pablo II su catequesis de este miércoles. Se trata de un tema de gran actualidad tanto en la sociedad civil como dentro mismo de la Iglesia. Ofrecemos el texto íntegro del Santo Padre.
1. Entre los desafíos del momento histórico actual, sobre los que el gran Jubileo nos invita a reflexionar, en la carta apostólica "Tertio millennio adveniente" he subrayado el respeto de los derechos de la mujer (cf. TMA, 51). Hoy deseo recordar algunos aspectos de los problemas femeninos, sobre los que ya he intervenido en otras ocasiones.
Al hablar del tema de la promoción de la mujer, la Sagrada Escritura ofrece mucha luz, al indicar el proyecto de Dios sobre el hombre y sobre la mujer en las dos narraciones de la creación.
En la primera, se afirma: "Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó" (Génesis 1, 27). Es una afirmación que se encuentra en los cimientos de la antropología cristiana, pues subraya el fundamento de la dignidad del hombre en cuanto persona en su ser creado "a imagen" de Dios. Al mismo tiempo, el texto dice con claridad que ni el hombre ni la mujer tomados pos separado son imagen del Creador, sino el hombre y la mujer en su reciprocidad. Los dos representan en igual medida la obra maestra de Dios".
La mujer, otro "yo" en una humanidad común
En la segunda narración de la creación,
a través del simbolismo de la mujer creada a partir de la costilla,
la Escritura pone de manifiesto que la humanidad no es completada hasta
que no es creada también la mujer (cf. Génesis 2, 18-24).
Ésta recibe un nombre, que ya en su asonancia verbal en hebreo hace
referencia al hombre (is/issah). "Creados a la vez, el hombre y la mujer
son queridos por Dios el uno para el otro" ("Catecismo de la
Iglesia Católica", 371). El que la
mujer sea presentada como "una ayuda adecuada" (Génesis 2, 18) no
ha de ser comprendido en el sentido de que la mujer es sierva del hombre
--"ayuda" no equivale a "siervo"; el salmista dice a Dios: "Tú eres
mi ayuda" (Salmo 70, 6; cf. 115,9.10.11; 118,7; 146,5)--; la expresión
quiere decir más bien que la mujer es capaz de colaborar con el
hombre, pues es su correspondencia perfecta. La mujer es otro tipo de "yo"
en una humanidad común, constituida en perfecta igualdad de dignidad
por el hombre y la mujer.
La dignidad de la mujer violada
2. Hay que alegrarse por el hecho de que la
profundización en lo "femenino" ha contribuido, en la cultura contemporánea,
a replantear el tema de la persona humana en función del recíproco
"ser para el otro" en la comunión
interpersonal. Hoy día, la concepción
de la persona en su dimensión de oblación se está
convirtiendo en un principio alcanzado. Por desgracia, no es tenida en
cuenta desde el punto de vista práctico. Por tanto, entre las muchas
agresiones a la dignidad humana, hay que rechazar la difusión de
la violación de la dignidad de la mujer que se manifiesta con el
abuso de su persona y de su cuerpo. Es necesario oponerse con vigor a toda
práctica que ofende a la mujer en su libertad y femineidad: el llamado
"turismo sexual", la compra y venta de jóvenes muchachas, la esterilización
masiva y, en general, toda forma de violencia con respecto al otro sexo.
¡La ley moral exige una actitud muy diferente
al predicar la dignidad de la mujer como persona creada a imagen de un
Dios-Comunión! Hoy día es más necesario que nunca
replantear la antropología bíblica sobre la relación,
que ayuda a comprender de manera auténtica la identidad de la persona
humana en su relación con las demás personas y en particular
entre el hombre y la mujer. En la persona humana, concebida en términos
de relación, se vuelve a encontrar un vestigio del misterio mismo
de Dios, revelado en Cristo como unidad substancial en la comunión
de las tres divinas personas. A la luz de este misterio, se comprende muy
bien la afirmación de la "Gaudium et spes", según la cual,
la persona humana, "la única criatura terrestre a la que Dios ha
amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no
es en la entrega sincera de sí mismo a los demás" (n. 24).
La diversidad entre el hombre y la mujer recuerda la exigencia de la comunión
interpersonal, y la meditación sobre la dignidad y la vocación
de la mujer corrobora esta concepción a la luz de la comunión
del ser humano (cf. "Mulieris dignitatem", 7).
Dios no es un patriarca a la antigua
3. Precisamente, esta actitud de comunión
que evoca de manera intensa todo lo femenino permite replantear la paternidad
de Dios, evitando esas proyecciones figurativas de carácter patriarcal
tan contestadas, y con motivos, por algunas corrientes de la literatura
moderna. En efecto, se trata de comprender el rostro del Padre dentro del
misterio de Dios en cuanto Trinidad, es decir, la unidad perfecta en la
distinción. La figura del Padre tiene que volver a ser meditada
en su relación con el Hijo, quien desde la eternidad está
orientado hacia él (cf. Juan 1, 1), en la comunión
del Espíritu Santo. Es necesario subrayar
también que el Hijo de Dios se hizo hombre en la plenitud de los
tiempos y nació de la Virgen María (cf. Gálatas 4,
4), y esto arroja luz también sobre lo femenino, mostrando en María
el modelo de mujer querido por Dios. En ella, y a través de ella,
sucedió el evento más grande de la historia de los hombres.
La paternidad de Dios-Padre no sólo está relacionada con
Dios-Hijo, en el misterio eterno, sino también con su Encarnación,
que tuvo lugar en el seno de una mujer. Si Dios-Padre, que "genera" el
Hijo desde la eternidad, ha
valorizado a una mujer para "generarlo" en
el mundo, haciéndola así "Theotokos", Madre de Dios, esto
tiene un significado determinante para comprender la dignidad de la mujer
en el proyecto divino.
El genio femenino
4. Por tanto, en vez de limitar la dignidad
y el papel de la mujer, el anuncio del Evangelio se constituye en garantía
de todo lo que simboliza humanamente lo "femenino", es decir, la capacidad
para acoger, para atender al hombre, para generar la vida. Todo ello está
arraigado de manera trascendente en el misterio del "generar" eterno divino.
Ciertamente la paternidad en Dios es totalmente espiritual. Sin embargo,
expresa esa eterna reciprocidad y relacionalidad propiamente trinitarias
que constituyen el origen de toda paternidad y maternidad y fundamentan
la
riqueza común de lo masculino y de
lo femenino.
De este modo, la reflexión sobre el
papel y la misión de la mujer se integra muy bien en este año
dedicado al Padre, estimulándonos a vivir un compromiso más
decidido todavía para que se le reconozca a la mujer todo el espacio
que le es propio en la Iglesia y en la sociedad.
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Jóvenes de Acción
Católica Argentina
Arquidiócesis de Rosario
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