Mensajes Completos de Juan Pablo II
para esta Navidad

 

El niño de Belén, la esperanza en tiempos de «cultura de la muerte»
Mensaje para la Navidad del Jubileo pronunciado por Juan Pablo II
25 de Diciembre de 2000


1. "El primer hombre, Adán,
se convirtió en ser vivo.
el último Adán,
en espíritu que da vida" (1 Corintios 15, 45).
Esto es lo que afirma el apóstol Pablo
resumiendo el misterio de la humanidad redimida por Cristo.
Misterio oculto en el designio eterno de Dios,
misterio que, en cierto modo, se ha hecho historia
con la Encarnación del Verbo eterno del Padre;
misterio que la Iglesia revive con intensa emoción
en esta Navidad del Año Dos mil,
Año del Gran Jubileo.
Adán, el primer «hombre vivo»,
Cristo, «espíritu que da vida»:
las palabras del Apóstol nos invitan a mirar en profundidad,
a reconocer en el Niño nacido en Belén
al Cordero inmolado que desvela el sentido de la historia (cf. Apocalipsis 5, 7-9).
En su nacimiento se han encontrado el tiempo y la eternidad:
Dios en el hombre y el hombre en Dios.

2. «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo».
El genio inmortal de Miguel Angel
ha representado en la bóveda de la Capilla Sixtina
el instante en el que Dios Padre
da la energía vital al primer hombre,
haciendo de él un «ser vivo».
Entre el dedo de Dios y el del hombre,
acercándose uno a otro hasta casi tocarse,
parece pasar una corriente invisible:
Dios infunde en el hombre un latido de su misma vida,
lo crea a su propia imagen y semejanza.
En ese soplo divino está el origen
de la singular dignidad del ser humano,
de su inagotable nostalgia de infinito.
A aquel instante del misterio insondable,
en que la vida humana comienza sobre la tierra,
se dirige la mente en este día
contemplando al Hijo de Dios
que se hace hijo del hombre,
contemplando el rostro eterno de Dios
que brilla en el rostro de un Niño.

3. «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo».
por la llama divina que se le infundió.
el hombre es un ser inteligente y libre,
y por eso capaz de decidir responsablemente
sobre sí mismo y sobre el propio destino.
El grandioso fresco de la Sixtina continúa
con la escena del pecado original:
la serpiente, enroscada en el árbol,
induce a los primeros padres a comer el fruto prohibido.
El genio del arte y la intensidad del símbolo bíblico
se conjugan perfectamente para evocar
aquel momento dramático, que inaugura para la humanidad
una historia de rebelión, de pecado y de dolor.
Pero, ¿podía Dios olvidar la obra de sus manos,
la obra maestra de la creación?
Conocemos la respuesta de la fe:
«al llegar la plenitud de los tiempos,
envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,
nacido bajo la ley,
para rescatar a los que se hallaban bajo la ley,
y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gálatas 4, 4-5)
Resuenan con singular elocuencia
estas palabras del apóstol Pablo,
mientras contemplamos el maravilloso acontecimiento de la Navidad
en el año del Gran Jubileo.
En el recién Nacido, recostado en un pesebre,
saludamos al «nuevo Adán»
que se hizo para nosotros «espíritu dador de vida».
Toda la historia del mundo está dirigida hacia Él,
nacido en Belén para devolver esperanza
a cada hombre sobre la faz de la tierra.

4. Desde el pesebre, la mirada se extiende hoy a toda la humanidad,
destinataria de la gracia del «segundo Adán»,
aunque siempre heredero del pecado del «primer Adán».
¿No es acaso aquel primer «no» a Dios,
reiterado en el pecado de cada hombre,
lo que continúa desfigurando el rostro de la humanidad?
Niños maltratados, humillados y abandonados,
mujeres violentadas y explotadas,
jóvenes, adultos, ancianos marginados,
interminables comitivas de exiliados y prófugos,
violencia y guerrilla en tantos rincones del planeta.
Pienso con preocupación en Tierra Santa,
donde la violencia continúa ensangrentando
el difícil camino de la paz.
Y, ¿qué decir de varios Países
--pienso en este momento particularmente en Indonesia--
donde nuestros hermanos en la fe
pasan por una difícil situación de dolor y de sufrimiento?
No podemos olvidar hoy
que las sombras de la muerte amenazan
la vida del hombre en cada una de sus fases
e insidian especialmente
sus primeros momentos y su ocaso natural.
Se hace cada vez más fuerte la tentación
de apoderarse de la muerte procurándola anticipadamente,
casi como si se fuera árbitro de vida propia o ajena.
Estamos ante síntomas alarmantes
de la «cultura de la muerte»,
que son un seria amenaza para el futuro.

5. Pero, por más densas que parezcan las tinieblas,
es más fuerte aún la esperanza del triunfo de la Luz
surgida en la Noche Santa de Belén.
Hay mucho bien hecho en silencio
por hombres y mujeres que viven cotidianamente
su fe, su trabajo, su dedicación
a la familia y al bien de la sociedad.
Además, es alentador el empeño de cuantos,
incluso en el ámbito público, se esfuerzan
para que se respeten los derechos humanos de cada uno
y crezca la solidaridad entre los pueblos de culturas diversas,
para que sea condonada la deuda de los Países más pobres
y para que se llegue a dignos acuerdos de paz
entre las Naciones implicadas en funestos conflictos.

6. A los Pueblos que en todas las partes del mundo
se orientan con valentía hacia los valores de la democracia,
de la libertad, del respeto y de la acogida recíproca,
a cada persona de buena voluntad,
sea cual sea la cultura a la que pertenezca,
se dirige hoy el gozoso anuncio de Navidad:
«Paz en la tierra a los hombres que Dios ama» (cf. Lucas 2, 14).
A la humanidad que se asoma al nuevo milenio,
tú, Señor Jesús, nacido para nosotros en Belén,
le pides el respeto de toda persona,
sobre todo si es pequeña y débil;
le pides que renuncie a cualquier forma de violencia,
a las guerras, los abusos, los atentados a la vida.
¡Tú, Cristo, que contemplamos hoy
en brazos de María,
eres el fundamento de nuestra esperanza!
Nos lo recuerda el apóstol Pablo:
«pasó lo viejo,
todo es nuevo» (2 Corintios 5, 17).
En ti y sólo en ti se ofrece al hombre
la posibilidad de ser una «criatura nueva».
¡Gracias por este don tuyo, Niño Jesús!
¡Feliz Navidad a todos!

Traducción distribuida por la Sala de Prensa de la Santa Sede.

 

Juan Pablo II: «Navidad es la fiesta de la vida»
Homilía del pontífice en la Misa de Nochebuena
24 de Diciembre de 2000


1. «Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Salmo responsorial).
Resuena en esta noche, antiguo y siempre nuevo, el anuncio del nacimiento del Señor. Resuena para quien está en vela, como los pastores de Belén hace dos mil años; resuena para quien ha acogido la llamada del Adviento y, vigilante en la espera, está dispuesto a acoger el gozoso mensaje, que se hace canto en la liturgia: «Hoy nos ha nacido un Salvador».

Vela el pueblo cristiano; vela el mundo entero en esta noche de Navidad que se relaciona con la de hace un año, cuando fue la apertura de la Puerta Santa del Gran Jubileo, Puerta de la gracia abierta de par en par para todos.

2. Cada día del año jubilar es como si la Iglesia hubiera repetido incesantemente: «Hoy nos ha nacido un Salvador». Este anuncio, que lleva consigo un impulso inagotable de renovación, resuena en esta noche santa con singular fuerza: es la Navidad del Gran Jubileo, memoria viva de los dos mil años de Cristo, de su nacimiento prodigioso, que ha marcado un nuevo inicio de la historia. Hoy «el Verbo se ha hecho carne y ha venido a habitar entre nosotros» (Jn 1, 14).

«Hoy». En esta noche el tiempo se abre a lo eterno, porque Tú o Cristo, has nacido entre nosotros surgiendo de lo alto. Has venido a la luz del regazo de una Mujer bendita entre todas, Tú, el «Hijo del Altísimo». Tu santidad ha santificado de una vez para siempre nuestro tiempo: los días, los siglos, los milenios. Con tu nacimiento has hecho del tiempo un «hoy» de salvación.

3. «Hoy nos ha nacido un Salvador».
Celebramos en esta noche el misterio de Belén, el misterio de una noche singular que, en cierto sentido, está en el tiempo y más allá del tiempo. En el seno de la Virgen ha nacido un Niño, un pesebre ha sido cuna por la Vida inmortal.

Navidad es la fiesta de la vida, porque Tú, Jesús, viniendo a la luz como todos nosotros, has bendecido la hora del nacimiento: una hora que simbólicamente representa el misterio de la existencia humana, uniendo el padecimiento del parto a la esperanza, el dolor a la alegría. Todo esto ha ocurrido en Belén: una Madre ha dado a luz; «ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16,21), el Hijo del hombre. ¡Misterio de Belén!

4. Conmovido interiormente, pienso en los días de mi peregrinación jubilar a Tierra Santa. Vuelvo con la mente a aquella gruta en la que se me concedió la gracia de estar en oración. Beso espiritualmente aquella tierra bendita, en la cual ha brotado para el mundo el gozo imperecedero.

Pienso con preocupación en los Santos Lugares y, de modo especial, en la ciudad de Belén, donde, a causa de la difícil situación política, desafortunadamente no podrán desarrollarse los sugestivos ritos de la Santa Navidad con la solemnidad acostumbrada. Quisiera que aquellas comunidades cristianas escucharan en esta noche la total solidaridad de la Iglesia entera.

Queridos Hermanos y Hermanas, estamos con vosotros con una plegaria especialmente intensa. Junto con vosotros tememos por la suerte de toda la región del Medio Oriente ¡Quiera Dios escuchar nuestra invocación! Desde esta Plaza, centro del mundo católico, resuene una vez más con renovado vigor el anuncio de los ángeles a los pastores: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2, 14).

Nuestra confianza no puede vacilar, del mismo modo que no puede faltar la admiración por lo que estamos conmemorando. Nace hoy el que da al mundo la paz.

5. «Hoy nos ha nacido un Salvador».
El Verbo llora en un pesebre. Se llama a Jesús, que significa «Dios salva», porque «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

No es un palacio real donde nace el Redentor, destinado a establecer el Reino eterno y universal. Nace en un establo y, viniendo entre nosotros, enciende en el mundo el fuego del amor de Dios (cf. Lc 12, 49). Este fuego no se apagará jamás.

¡Que este fuego arda en los corazones como llama de caridad efectiva, que se haga acogida y sostén para muchos hermanos aquejados por la necesidad y el sufrimiento!

6. Señor Jesús, que contemplamos en la pobreza de Belén, haznos testigos de tu amor, de aquel amor que te ha llevado a despojarte de la gloria divina, para venir a nacer entre los hombres y a morir por nosotros.
Mientras el Gran Jubileo entra en su fase final, infunde en nosotros tu Espíritu, para que la gracia de la Encarnación suscite en cada creyente el compromiso de una respuesta más generosa a la vida nueva recibida en el Bautismo.

Haz que la luz de esta noche, más resplandeciente que el día, se proyecte sobre el futuro y oriente los pasos de la humanidad por los caminos de la paz.

¡Tú, Príncipe de la paz, Tú Salvador nacido hoy por nosotros, camina con tu Iglesia por las veredas que se abren ante ella en el nuevo milenio!

N.B.: Traducción distribuida por la Sala de Prensa de la Santa Sede.


 

Agradecemos este aporte
a ZENIT




 
 
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