El reciente debate en el parlamento italiano sobre la propuesta de ley que pretende regular la actividad de las clínicas de fecundación artificial ha enfocado la atención sobre el conflicto entre la doctrina católica y las leyes del Estado. Algunas personas han acusado a la Iglesia de querer imponer sus dogmas sobre un Estado pluralista. Este conflicto no se limita a Italia. En muchos países hay disputas sobre temas relacionados con la bioética: aborto, eutanasia, trasplantes de órganos, etc. ¿El creyente debe aceptar el que las leyes civiles aprueben todo lo que sea técnicamente posible?
Ley y moralidad
La discusión sobre la correcta relación entre la ley civil y los preceptos morales no es reciente, si bien ha tomado una nueva fuerza debido a las múltiples innovaciones en el campo de la bioética. La teoría del positivismo legal, propuesta ya por Jeremy Bentham y John Austin, considera que la validez legal de la ley es independiente de su estado moral. Otro pensador clásico, John Stuart Mill, propuso que la sociedad sólo debe imponer por medio de la ley aquellas reglas que impiden el daño a una persona, con la excepción del responsable del perjuicio o de quien lo consiente. Hoy en día los defensores de un Estado «laico» insisten en la necesidad de respetar la libertad de cada persona y de no imponer límites que tienen como fuente los preceptos de una moralidad no compartida por todos los miembros de la sociedad.
Ante estas posiciones, un creyente puede estar de acuerdo con aquellos aspectos positivos presentes en la sociedad democrática pluralista: el aprecio por la libertad, la aceptación del derecho a la libertad religiosa y de conciencia, la libertad de expresión y en general todos los beneficios del Estado de derecho. Sin embargo, los problemas sociales actuales nos hacen cada día más conscientes de los resultados que arroja una libertad arbitraria sin límites. Nuestra sociedad está hoy tan ecesitada de verdad como de libertad. Al hablar de la verdad no se debe pensar que los creyentes pretendan obligar a vivir un código moral draconiano. Más bien, nos referimos a la verdad sobre la existencia humana.
¿Cuál es esa verdad sobre la persona? La valoración moderna de la libertad humana tiene sus raíces en la convicción de la existencia de unos valores universales humanos. Lo que un cristiano cree, gracias a la revelación de Dios, no se opone a lo que cualquier persona puede conocer sobre sí mismo en virtud de su razón natural. De hecho, la ética civil es capaz de percibir que se debe proteger de manera especial la dignidad de la persona y sus derechos.
El campo de la bioética
La ley debe custodiar el bien fundamental de las personas, sea al nivel del individuo, sea en la familia o en la asistencia médica. Por tanto, cuando los cristianos proponen leyes que protegen al embrión, cuando se oponen a la eutanasia o rechazan los excesos de las técnicas de la fecundación artificial no están imponiendo «su» moral particular a los no creyentes. Una reflexión valiosa sobre este argumento fue ofrecida esta semana en la edición del 22-23 de febrero de L'Osservatore Romano. El autor, Ramón Lucas Lucas, profesor de antropología del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum y miembro de la Academia Pontificia para la vida, explicó por qué la fuerza del argumento racional sobre la cuestión de la bioética no nace de una «posición clerical, sino del valor mismo de los argumentos fundados sobre la naturaleza de las cosas».
Lucas observa que el derecho
a la vida es el primer y principal derecho de todo ser humano, independientemente
de su creencia religiosa. Como consecuencia, el rechazo de la manipulación
de la vida representa un punto en común a todos los hombres. El
artículo cuatro puntos claves como fundamento de una defensa racional
de la vida humana en el campo de la
bioética.
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