Escuchando a
      Moledo
       

      Primera Parte: Frente a Jesús Joven
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      Segunda Parte: A los pies de Cristo
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      Tercera Parte: El heroismo de la cruz
       
       

      PRIMERA PARTE
      FRENTE A JESUS JOVEN





              Cuando nosotros decimos, mis queridos muchachos, mística de la Juventud de Acción Católica, ciertamente que no empleamos esa expresión, ni de lejos, a la manera con la que la emplean tantos movimientos que, al usurpar a la Iglesia ese vocablo -que es enteramente y exclusivamente suyo y que tiene también un significado muy propio-, llevados quizás por un empeño no sé si consciente o inconscientemente diabólico, han ido substituyéndole el alma a ésta como a otras expresiones, el alma evangélica que le dio Nuestro Señor.

              Ese término fue tomando, con el andar del tiempo, tan diversas y extrañas acepciones, que de momentos es de temer que esas acepciones falsas y aún malsanas,  amparadas por la piel de cordero de las expresiones cristianas, puedan llegar a nosotros y, si no apoderarse, al menos infiltrarse y ocupar una pequeña parte de nuestro vivir en el movimiento.

              Importa, pues, examinar a la luz del Evangelio, el significado y el contenido que para nosotros tiene esta expresión ya tan corriente entre nosotros: mística de la JAC.
       

      Mística de JAC  y mística cristiana

              En la JAC, mística significa un vivir juvenil conforme, en cuanto a nosotros nos es posible, a la perfección evangélica, en orden a la glorificación de Dios y de su Iglesia y a la salvación de las almas de los demás y de la propia.

              Por ser esta vida la que vosotros habéis de vivir en cuanto sois jóvenes, y jóvenes que consagráis vuestras vidas al apostolado, tiene ciertos detalles y manifestaciones, algunos aspectos y aristas, que son peculiares de la Juventud de Acción Católica. Por consiguiente, la mística de la JAC es la mística cristiana vivida a la manera que podemos vivirla nosotros, por ser jóvenes de la Acción Católica.

              Ahora bien; si queremos ya precisar cual es, en la mística de la JAC, ese aspecto juvenil propio de la Juventud de Acción Católica, yo os invito a contemplar conmigo, más que a discurrir, lo que era la mística de la JAC en Aquél que la vivió perfectamente, con la mayor perfección posible, puesto que la vivió con una perfección infinita: en Cristo Nuestro Señor.
       

      Jesús en Nazareth

              Trasladáos conmigo, por consiguiente, a la lejana Nazareth. Allí nos encontramos con un hogar por todos conocidos como el hogar de María y de José. Ese hogar, nos consta por el Evangelio, era tan y en todo igual a los demás, que durante los largos años que vivieron en aquella población, nadie jamás advirtió cosa extraordinaria. Tan es así, que cuando Jesús apareció en la vida pública, los que le habían conocido, no pudiendo creer a sus propios ojos, se decían con insistencia: "¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?". Habían pasado Jesús, María y José en medio de sus coterráneos, sin revelarse en ninguna manifestación excepcional.

              Pues bien; a ese Cristo es al que nosotros queremos en este momento reproducir ante los ojos de nuestra inteligencia y ante los sentimientos de nuestro corazón, para que, iluminándonos e impulsándonos, nos arrastre en pos de sí a la conquista de esto que llamamos la espiritualidad de la JAC, la mística de la JAC, absolutamente necesaria si queremos ocupar realmente en la Iglesia, en el Cuerpo Místico de Jesús, el lugar que nos corresponde.
       

      La figura de Cristo Joven

              ¿Cómo era Jesús?. Tomémoslo a Jesús para los Aspirantes, cuando tenía diez, doce o catorce años; tomémoslo pos los Juniores, a los quince, diecisiete o diecinueve años; tomémoslo para los Seniors, cuando tenía veintiuno, veinticinco, veintisiete, treinta años. ¿A quién tenemos que contemplar?. Lo que voy a decir ahora, no lo sé a través de ningún documento, pero a veces uno puede opinar, aunque no pueda fundar mucho la opinión. Yo lo veo así: era un muchacho apuesto de físico, ya que no creo que el Padre Eterno pudiera físico más o menos pobre. Lo imagino de espaldas anchas, pecho abierto, frente amplia, buena estatura; porque Cristo hablaba a campo abierto, ya que los Evangelios nos cuentan que así lo escuchaban las muchedumbres, lo que nos permite imaginar su vigor físico, su presencia juvenil, su energía.

              Lo que era el alma de Jesús, ¿para qué decirlo si todos vosotros lo sabéis?. Y esa alma se transparentaba a través de esos ojos estupendos, magníficos, claros, como los de nuestros Aspirantes y los de muchos de nuestros jóvenes; ojos sin celajes, límpidos, vivaces, profundos.

              Jesús era físicamente así, lo que se dice un buen mozo; y si ustedes quieren, empleando una expresión corriente, tan bien un buenmocísimo.
       

      La vida de Jesús joven

              Cristo Nuestro Señor era conocido en Nazareth como el hijo del carpintero. Con él trataba la población de la ciudad, sobre todo los muchachos, los jóvenes. De lo que de Cristo y de la Sagrada Familia sabemos, no se puede deducir que Cristo viviera encerrado en su casa; todo lo contrario, sabemos que actuaba en el taller, sosteniendo a su familia, sobre todo después de la desaparición del padre; por consiguiente vivían en contacto con la vecindad, de un modo particular cuando se trataba de la vecindad joven. Nazareth, la plaza, las callejas, las casas, los jóvenes y las jóvenes del ambiente, todo se movía en torno a Jesús y Jesús se movía en torno a todo eso.

              Pues bien: ¿cómo se conducía Jesucristo?, ¿cómo se conducía el joven de Nazareth?. He aquí un ancho campo para nuestra investigación, para nuestra inteligencia, para nuestra meditación.

              Jesús compañero, ¿cómo lo sería?, ¿cómo no sería el corazón de Cristo Joven para todos los jóvenes de Nazareth?. Cuánta comprensión, cuánta bondad, cuánta sinceridad y lealtad; cuánta alegría en los momentos de gozo, cuánta compasión en los momentos de pena; cuánta paciencia frente al infortunio; cuánta firmeza frente al descaminado; cuánta hidalguía ante el anciano y al adulto. Cuánta paz en su gesto y en su lenguaje; cuánta paz en sus juicios y sus apreciaciones; cuánta paz y cuánta firmeza frente al descaminado; cuánta hidalguía ante lo que repugna y lo que rechaza; cuánta inquietud, cuanta investigación frente a las posibilidades de conquista, de mejora, de ennoblecimiento de cualquiera de los que viven a su alrededor. Cuánta pureza, cuanta finura y exquisitez, cuánta limpieza, cuánta cortesía, espontaneidad y respeto en el trato con las jóvenes; porque tenéis que comprender que Cristo, no siendo nada excepcional sino apareciendo como uno de tantos, con todo el mundo tenía que alternar y conversar.

              Si vosotros comenzáis a ahondar en la persona de Cristo Joven, viviendo en el ambiente común, no excepcional, de aquella época, encontraréis que en el vivir de Cristo se refleja una mística excepcional, única, subyugante, que arrastra, que entusiasma, que enardece, que levanta. Y, sin embargo, es la mística de un joven que en nada fue distinto, externamente, a todos los jóvenes de Nazareth, de la tierra y de todos los siglos.
       

      Otros Cristos

              Y a vosotros, ¿qué os pide la Iglesia en la Juventud de Acción Católica?. Os pide esto, nada más que esto: como apóstoles, os llama a fin de que seáis todos el Jesús de Nazareth que va de los once o doce años a los treinta. Ese Jesús tenéis que ser cada uno de vosotros, y tenéis que serlo en la forma en que Él lo era. Porque de vosotros se puede decir también, en cierta medida, lo que con alcance total se dice de los sacerdotes: Escogidos de entre todos los hombres para que, viviendo entre los hombres, los sirváis en orden a aquellas cosas que son de Dios. Sois un elemento de selección, porque  así lo quiso la Divina Providencia. Y ¿para qué os designó?. Para que en la tierra lleguéis a ser, en vuestra juventud y por vuestra juventud y en cuanto sois jóvenes, esa expresión que fue Jesús de Nazareth.

              Ahora bien, ¿por qué Jesús era así?. Porque en su vivir se reflejaba, se transparentaba constantemente, Dios Nuestro Señor. No podía ser de otro modo, ¿no es verdad?. Él era Dios. Nosotros, llamados a esa vocación, tenemos también que vivir de tal suerte -y ésta ha de ser nuestra mística- que no hagamos otra cosa más que transparentar a Dios, sin ser dioses.
       

      Un paso necesario

              Transparentarlo, implica y supone poseerlo. De ahí que el primer paso que debéis dar hacia la conquista de esta mística JAC -primero y permanente-, sea el lanzaros con vehemencia enloquecida, ardiente, heroica, dura, tenaz e inquebrantable, a la posesión de una vida espiritual de oración, sacramentos, mortificación y pureza, costare lo que costare, aún cuando fuera la misma vida. No solamente el Reino de Dios se alcanza con violencia, sino que, más aún, únicamente con violencia se alcanza a Dios mismo. Dios es la corona aquella de que habla San Pablo, que nos pone allá, en el extremo de la meta hacia la cual nos invita a correr incansablemente, hasta que la arrebatemos. Dios está allí, sangriento, retorcido, como una tea de amor encendida en lo alto de un madero, expresión de vehemencia, de sufrimiento, de inmolación. Dios está en la Hostia sacrosanta, velado y oculto a los ojos de los hombres, sin forma y sin figura. A Dios lo vio Isaías convertido en gusano, sin figura de hombre; a Dios lo tenemos en la Iglesia herida, vilipendiada, salivada, escupida, humillada, de Mindszenty y de Stepinac. Dios es eso.
       

      El camino de la violencia

              Por eso, el primer paso ha de ser empuñar todos la reja de un arado verdaderamente acerado, que se hinque en nuestra carne, que hinque en nuestra comodidad, en nuestra naturaleza, en nuestra vanidad; sobre todo, muchachos, porque os conozco y os quiero bien, que se hinque en vuestra tremenda inconstancia. Que se hinque bien profundamente, y hace que sea Dios mismo, Jesús mismo, que os quiere, quien tire del arado, a fin de que la reja penetre y vaya sacando a flor esa tierra hermosa, esa tierra magnífica y estupenda que lleváis todos vosotros dentro y que a veces no se ve y no se siente, porque no sois tan audaces como sería necesario para meter la mano dentro y sacudir y arrojar por la borda todo eso que es lastre y que no sirve.

              Hemos nacido para una sola cosa: glorificar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo, en la salvación de los hombres, por el ejemplo, por el ardor, por la virtud, por la humildad, por la pureza, por la oración, por la meditación, por la vida entera.
       

      ¡Agotemos los sagrarios!

              Muchachos: un propósito esta noche. Si supierais con qué pasión por vuestras almas, con qué pasión por vuestras vidas, con qué pasión por la Iglesia en nuestra patria, con qué hambre de que digáis sí, y sí de verdad, yo os pido que os lancéis, a costa de cualquier sacrificio, a costa de madrugadas, de fríos, de cualquier cosa, que os lancéis, muchachos, a la Comunión frecuente!

              ¡Agotemos los sagrarios donde vive el Hijo de la Virgen!

              Si vosotros lo queréis a Jesús, si vosotros le habréis brindado todas vuestra vida, decidme entonces, los que podéis físicamente comulgar todos los días, ¿por qué le decís que no el lunes, que no el martes, que no el miércoles y el jueves y el viernes y el sábado?. ¿Por qué, si podéis todos los días?

              Y aquellos que no tengan esa posibilidad, que sientan hambre y le ofrezcan al Señor todos los días esa privación forzosa, diciéndole algo como esto: Jesús, si hoy te tuviera, querría que circulases por las venas de mi alma, dejando por doquier el fuego de tus empeños y tus inquietudes, la luz de tus esperanzas, la energía de tu voluntad, la amplitud de tu corazón, tu sed insaciable por las almas, la alegría de sentir la esperanza de vivir, después de una muerte santa, ¡un Cielo sin fin!

              Muchachos de la JAC, en representación de la JAC toda, de la cual esta noche os constituyo por mensajeros: ¿vamos a la comunión frecuente, sí o no?

      -Un solo clamor responde: ¡Sí!

              Vamos a la Comunión frecuente, con gran preparación y con verdadera acción de gracias, embargados con la alegría de fundirnos en Jesucristo, ¿sí o no?

      -La asamblea reafirma su decisión: ¡Sí!

              Estos sí deben llegar, sin duda, al sagrario de la capilla de este colegio, a los sagrarios todos de la patria, al Cielo, y al corazón de la Virgen, que quizás en este momento se vuelve al Salvador para decirle: ¡Que muchachos tenemos en Santa Fe esta noche!
       

      Meditación

              Hay quien piensa, porque no nos conoce suficientemente, que los muchachos de la JAC no son sino en una pequeña proporción capaces de meditar. En el fondo, la culpa la tienen ustedes. Yo pregunto: ¿nuestros muchachos son capaces de meditar?

      -Una respuesta se oye, entusiasta y unánime. ¡Sí!

              Eso lo sabe Dios Nuestro Señor. Ahora, ¿nuestros muchachos son capaces de querer seriamente meditar?

      - Nuevamente, con igual decisión: ¡Sí!

              Eso lo sé yo también; nuestros muchachos son capaces de querer meditar. Pero nuestros muchachos son flojos para meditar; eso también lo sé yo.

              Ahora bien, si nuestros muchachos quieren meditar, para quererlo más, para no dejar de quererlo nunca, recuerden una vez más a Jesús Nuestro Señor. Después de las largas y fatigosas jornadas de su vida pública, después del intenso cansancio de sus viajes y de sus predicaciones, al terminar sus días de constante labor y de trajín agotador, nos dice el Evangelio que Jesús, llegada la noche, dejando a sus discípulos, a solas en la montaña o en el Huerto, pasaba momentos íntimos de unión con Dios, se entregaba a la oración.
       

      Jesús en oración

              Quisiera esta noche poder deciros en pocas palabras, pero que os llegaran hasta lo más profundo, que es lo que era la oración de Jesucristo. Yo lo veo así: la oración de Jesucristo era lo que en la cordillera los altos picos de las montañas. A sus pies, está el valle; allí se agita la vida y se fatigan los hombres; ruido de máquinas, humo de chimeneas, sufrimientos, dolores, luchas, ambición, trabajo, cansancio, algazara.

              En cambio, allá arriba, donde impera la blancura de la nieve y del hielo, reinan el silencio, una paz insondable, la montaña y el cielo. En el firmamento, las estrellas o el sol;  en la montaña, la nieve o el hielo, que reflejan al sol o a las estrellas y centellean ante sus fulgores.

              Jesucristo supo, en su corazón, ascender del valle a la cumbre. Allí, en lo alto, cerca del Padre Celestial, cerca del Espíritu Santo, está el Hijo en íntima conversación; idea perfectísima del Padre, reflejando al Padre con el ardor del Espíritu Santo; el Padre volcándose en el Hijo, la inteligencia humana de Jesús solazándose y tendiéndose con la fuerza de un arco hacia el Padre celestial, diciendo aquella palabra que pronunció tantas veces él la tierra: ¡Padre!

              Y dicen ¡Padre! los labios, y la inteligencia, y el corazón. En Él dicen ¡Padre! todas y cada una de las células, todas y cada una de las fibras de su cuerpo, los músculos, la sangre; el cansancio y el gozo de la buena jornada; el dolor de la ingratitud contemplada a lo largo del camino. ¡Padre!, dice en sus esperanzas, viendo a lo lejos, en el tiempo, la cruz y el oprobio, la agonía del Huerto, la sangre y las lágrimas de la Iglesia. ¡Padre!, dice, contemplando el infierno irremediable de los impenitentes, la conversión de los arrepentidos, la belleza de los justos.

              ¡Padre!, era la oración de Jesucristo: Padre nuestro que estás en los Cielos: Padre, perdónalos; Padre, ayúdalos; Padre, acógelos; Padre, gracias te doy porque me los has dado; Padre, ninguna de cuantos tú me has dado se ha perdido, sino el hijo de perdición. Padre, padre, ¡Padre!.
       

      Os hemos visto llorar

              ¿Cómo no van a meditar nuestros jóvenes si pueden también ellos recogerse?. Ellos, que luchan en los valles, que viven y sufren en los valles. ¡Cómo sabemos nosotros, vuestros asesores y los sacerdotes que tienen contacto con vuestras almas, lo que vosotros sufrís!. Os hemos visto sufrir, a unos por la incertidumbre de una vida dura, que no abre los batientes de sus puertas a un porvenir claro; a otros, porque la familia que tanto aman es una familia que se desmorona. Os hemos visto llorar, encorvados bajo el peso de la aflicción, trayendo en la mano un corazón roto, un corazón en el cual había anidado un afecto que un día, por circunstancias cualesquiera, se desvaneció, dejando destrozado y sangriento algo que vosotros habíais amado con toda vuestra alma. Os hemos visto gemir en la desilusión de los fracasos.

              Os hemos visto llorar; han corrido por estas manos nuestras -que nunca sabremos agradecérselas  a Dios, pues nos las dio para Él-, hemos sentido correr por estas manos, entrelazadas con las vuestras, las lágrimas ardientes de muchos arrepentimientos JAC; lágrimas tan bellas y tan hermosas, que uno se siente tentado de decir, como San Agustín: "Oh feliz pecado, que mereció tan enorme redención".
      ¡Os hemos visto sufrir por tantas cosas, esperar con tanta ilusión, con tanto empeño, con tanta euforia y alegría, con tanto optimismo y pertinacia!
       

      Os hemos visto gozar

              Os hemos visto gozar. ¿Quién no ha visto gozar a nuestros muchachos por el éxito de un examen, por el noviazgo esperado y realizado?. Os hemos visto gozar en vísperas de un matrimonio, por el nuevo empleo, por el éxito. Os hemos visto luchar con esperanza, con pertinacia, en el apostolado; os hemos visto eufóricos en una gran semana de la juventud que triunfaba crepitantes de alegría en la asamblea convertidos en teas de entusiasmo y de gozo.
       

      La oración del joven

              Pues bien, ahí tenéis el material de vuestras oraciones: Padre mío, ¡qué contento estoy!; Padre mío, que cosa más linda la Séptima Asamblea Federal; Padre y Señor mío, que a tantos jóvenes de mi tierra no le has dado esta gracia de ver, miles de muchachos encendidos en tu amor, yo te doy gracias con todo mi corazón.

              Padre mío -podréis rezar otras veces-, yo no sé si soy yo quien no entiende, o si es que no me entienden a mí. Es ésta, sobre todo, la oración de los dieciséis, diecisiete, dieciocho años. Padre mío que estás en los Cielos, o yo no entiendo al asesor o no me entiende él a mí; no me entienden mis padres, no me entienden mis maestros, o yo no los entiendo a ellos. Pero yo tengo dentro de mí una inquietud; me parece que las cosas van mal; me parece que el Centro no es lo que tendría que ser; yo creo que estamos achatados, caídos, que vamos por caminos equivocados. Padre mío, ¿no estará perdiendo el tiempo la juventud católica argentina?. Me siento aplastado, Padre mío, con ganas de murmurar; tengo que murmurar hoy, y vengo a murmurar contigo. No me convencen los obispos, los asesores, el párroco; y he llegado a convencerme de que tampoco me convenzo yo mismo. Me siento solo, desorientado. Este drama es el drama de muchos jóvenes.

              Ahí tenéis vuestra meditación: Padre mío, no me entienden. Y vais a ver cómo, dentro de vosotros mismos, una voz que no tiene eco, que es como una espada de dos filos que llega hasta la médula más profunda y separa las cosas, va a llegar hasta allí y va a dejar una semilla que, si no es respuesta ese día, será respuesta muy pronto. Y  llegará un día en que vosotros diréis: Empiezo a entender, Señor; Tú eres todo, a pesar de todo, por encima de todo, y ¡yo me siento tan feliz de ser de aquéllos que en Ti confían siempre!. Manda, Señor; yo quiero ser como Samuel. Yo sé que Tú llamabas a Samuel, y él te oía y venía, pero Tú te callabas. El pobre Samuel volvía a dormir, nos cuenta la Escritura; tu llamado nuevamente lo despertaba, él se levantaba y acudía, pero Tú guardabas silencio otra vez. Y así hasta que un día pudo decir Samuel: "El Señor se me mostró".

              La Iglesia es como Dios; nos dice: Samuel, venga. Nosotros vamos, con ansias de acción; y nos dice: Siéntese. Y eso se repite. Pero, de pronto, no nos dice "Siéntese", sin esto, y aquello, y lo otro. Y cuando esas cosas os desconcierten -¿cómo no habría de ser así?- id al Padre: Padre mío, estoy quebrantado.
       

      A los seniors, frutos maduros de la JAC

              A los seniors, a esos buenos seniors nuestros a quienes nunca amará ni honrará suficientemente la JAC, frutos maduros del árbol de la JAC, queridos y amados por nosotros, a ellos me dirijo especialmente: meditación, oración, muchachos.

              La vida, nosotros lo vemos, empieza a golpearos, a zarandearos. Muchos quebrantos vienen de muchas desilusiones, de muchos desencantos. Empezáis a no creer, no en Dios, por cierto, sino en las cosas de la tierra y en las cosas de los hombres. Pero tened cuidado, que si esa tendencia a no creer se convierte en el eje de vuestra vida, entonces ya la vejez llama a la puerta; no la ancianidad, que es respetable, sino la vejez. Acudid, entonces, a Jesús, acudid a Dios Nuestro Señor para decirle:
      Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad. Creo en todo, creo con frescura; creo en el éxito de los imposibles, cuando los imposibles están en tus manos; creo en el éxito de los fracasos, creo en éxito de las derrotas. Porque creo en Ti, Señor de las Victoria, que me has llamado a trabajar y a luchar a tu lado.

              Seniors de la JAC: por la meditación, confianza en la JAC, confianza en la Iglesia, confianza en la sangre de Jesucristo, confianza en la Gracia, confianza en nuestra miseria, si es que en nosotros está, presente y activa, la oración al Padre que dio la victoria a Jesucristo sobre los hombres.
       

      Recemos como los niños

              Mis queridos muchachos: además de la oración que es meditación, usad también de la oración vocal. No olvidemos las oraciones sencillas, simples, buenas, fragantes, claras, poéticas, de la Iglesia de Jesucristo, comenzando por la oración de Jesús, el Padre nuestro, y siguiendo con el Avemaría, la Salve, el Acordáos. Recemos como los niños, con la inocencia de los niños; recemos con la sencillez de las viejas que en nuestros templos, sin postura ni arrogancia, le hablan a Jesús con las cuentas de sus inconmensurables Rosario; recemos con la sencillez de ancianos ignorantes, porque somos ignorantes, mudos, pobres.

              Muchachos buenos, que sabéis mirar a las jóvenes buenas con sencillez, honestidad y alegría; que pensáis en vuestras novias con pureza y con amor: pensad con sencillez, con alegría y con amor, frecuentemente, en Jesús, en María, la Virgen Santísima, en el Ángel de la Guarda, compañero permanente, fiel e inseparable, don del Cielo.

              Invocadlos con vuestras jaculatorias en la calle, frente a la tentación, en los momentos de gozo y de paz, en las horas de lucha y de decaimiento: Oh Jesús mío, yo te amo; ven a mí, dame fuerzas. Oh María, Reina y Señora, María, Madre nuestra, auxíliame. No puede estar quieto en sus lazos de carne y de sangre, este corazón, que salta en los pechos de la JAC como el pájaro ante la reja buscando la libertad, con ansias de unión con Cristo y con María, con los ángeles, con los santos, con los Cielos, con la eternidad.
       

      La vida, oración permanente

              Y oración divina, muchachos, que sea rechinar  de sierras, golpes de martillos, rasgar de plumas, lectura de un libro, atender la oficina o el comercio, conducir un vehículo. Oración, que sea sudor, gozo, expansión, fútbol, baste. Oración en la vida entera: músculos en oración, cerebro en oración, ojos en oración, pies y corazón en oración. Oración, "ite missa est" de nuestra vida, en el trabajo, en el banco de carpintero, en la fragua, en la escuela, en la universidad. Oración besando a la madre, estrechando la mano al padre, amparando al hermano, dando buen ejemplo en la casa, en la calle, en todas partes. Oración en la risa y en el chiste. ¡Oración siempre, muchachos de la JAC!. Oración donde quiera que haya un distintivo, oración permanente, oración en el sacrificio y en la alegría, oración hecha carne en nosotros.
       

      ¡Penitencia, muchachos!

              Y, finalmente, para la gran conquista de nuestra alma, espíritu de penitencia. Yo quisiera deciros esto con alegría; la alegría de la penitencia, el gozo de la penitencia, el triunfo y la robustez de la penitencia. Cada corazón JAC un corazón varonil, que sabe exigirle a su alma un perenne "¡Firme!". Firme el alma en nosotros, sin vacilar jamás.
      Hay que esforzarse para que este cuerpo nuestro, que tiene cosas buenas y tantas no tan buenas, sea dócil. El Santo Padre, Pío XII, pide sacrificios y penitencia; pero ya Cristo pidió mortificación, como lo pidieron Pedro y todos los Papas; todos los santos pidieron, los Cielos lo piden. Piden penitencia y mortificación los pecados de los hombres, lo piden nuestros propios pecados. María en el Cenáculo, en todos los santuarios de la tierra, en todas las apariciones, en todas partes y siempre, pide mortificación y penitencia.

             Mortificación piden los mártires, las regiones paganas sin bautismo, la industria no bautizada ni conquistada, la universidad no bautizada ni conquistada, el mundo obrero no bautizado ni conquistado. Penitencia pide la misma cristiandad a la que hay que reconquistar; penitencia pide la hoguera inmensa de los pecados de la tierra.
      Mortificación y penitencia pide Jesucristo, que sigue clamando: Venid a Mí y cumplir en vuestra vida lo que falta a mi Pasión. Lo pide Jesucristo, cuando dice: "Tomad la cruz y venid en pos de Mí"; "No serán los discípulos más que el Maestro"; "Si así se ha hecho en el leño verde, ¿qué se hará en el leño seco?".

              Penitencia pide Pablo: "Estamos crucificados con Cristo en la misma Cruz". Penitencia pide la Iglesia del siglo XX, la Iglesia de hoy. Penitencia y mortificación piden Hungría, Checoslovaquia, Rumania, todo el Este Europeo. Penitencia pide la tierra nuestra, en donde solamente el 12 por ciento asiste a Misa, lo que significa un gran porcentaje en estado permanente de pecado mortal.
       

      Fuego en los altares de la JAC

              Penitencia también en la inmolación voluntaria, no sólo aceptando las pruebas que Dios nos manda. La penitencia de Abel, una vez para siempre, no la de Caín, que daba lo que le sobraba. ¡Sacrificio de Abel, muchachos de la JAC!. Sacrificio de Abel, el único que Dios bendice; demos lo que más nos gusta, lo mejor de nuestra vida. Arrojemos sobre el altar de Jesucristo tantas cosas innecesarias, arrojémoslas con alegría y con fervor.

              ¡Penitencia, muchachos!. ¡Sacrificios de Abel, brillantes, luminosos y claros, en los altares de la JAC! ¿Sí o no?

      -Y la respuesta, de la JAC, generosa y ardiente, no se hace esperar: ¡Sí!


      del libro "Mística del Apostolado",
      transcripción de los discursos de Monseñor Moledo
      durante la 7º Asamblea Federal de Acción Católica Argentina
      en Santa Fe, agosto de 1949.




       
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