TERCERA PARTE
EL HEROISMO DE LA CRUZ
"He aquí que le vimos sin hermosura ni esplendor; no se le conoce por su figura; El llevó sobre sí nuestros pecados y por nosotros sufre; El fue herido por nuestras maldades." Is. 53, 2.
Jesús, que se encarnó para constituirse un ejemplo, para todos nosotros, de la vida que debiéramos llevar sobre la tierra, nos dejó en el Santo Evangelio, en cada uno de los variadísimos episodios de su vida sacratísima, una enseñanza aplicable también a las muchas y diversas circunstancias por las que habría de atravesar nuestra vida en los años que nos tocara existir en este mundo.
Pero también dejó de suyo, en los distintos aspectos de su sagrada vida, como la historia anticipada de lo que habría de ser la historia y la vida de la iglesia, la prolongación de su vida sobre la tierra.
Y así, en las diversas épocas de la historia, se nos presenta de pronto la Iglesia en un momento de gloria, de expansión, de fortaleza, de soberanía, comparable a aquel momento en que Jesús se transfiguró, en la cima del Tabor.
En otras oportunidades, la Iglesia se presenta en el escenario de la historia triunfante de todos sus enemigos, arrolladora, en el poder de sus energías aun humanas, y entonces nos parece contemplar, en la Iglesia de Jesucristo, es ese determinado momento, a Cristo resurgiendo de entre los muertos, quebrando la losa del sepulcro, abatiendo a su paso a aquéllos que lo tuvieron encarcelado.
Pero hay otras épocas en la historia en las cuales la Iglesia se presenta a nuestros ojos abatida, humillada, vejada, perseguida, calumniada; y entonces, contemplamos en la Iglesia, en toda su dolorosa elocuencia, al Cristo del pretorio, al Cristo del Huerto de los Olivos, al Cristo de la misma Cruz; allí está El, sin figura ni siquiera de hombre.
¿En
cuál de esas circunstancias de su vida se presenta Jesucristo a nosotros
en la Iglesia de hoy?
LA HORA DE LA PASION
Nosotros, los argentinos, vivimos una hora de paz, de tranquilidad, y de bienestar, y la perspectiva que a nuestros ojos se presenta, en cuanto al momento que la Iglesia vive, quizá no sea del todo exacta. Pero tendamos la mirada más allá de las fronteras de nuestra patria y pensemos en los millones y millones de católicos dispersos por el mundo, y analicemos el vivir de la Iglesia en otras tierras.
Fácilmente llegaremos, entonces, a esta conclusión: realmente, Jesús, la Iglesia de Jesucristo, en una gran parte del planeta está viviendo en esta hora, la hora de la pasión.
En algunas partes, la Iglesia Católica hoy está postrada como Jesús en el Huerto de los Olivos, viviendo una hora de terrible y agobiadora inquietud, temiendo mucho, desfalleciendo de temor; temiendo por la fe, por la perseverancia, por la paz espiritual, por la conciencia de sus hijos; temiendo por la tranquilidad y la seguridad de sus hijos.
En otras partes, ya ha pasado para la Iglesia la hora del Huerto; ya no teme, ya ha visto todo lo que tenía que ver. En algunas partes, la Iglesia de Jesús está recibiendo hoy en sus mejillas el beso de quien se acercó en tren de amigo, para señalarlo mejor a sus enemigos; está viviendo la hora de la traición de aquellos que le habían jurado, entre todos, particular y extrema fidelidad, intenso e ilimitado amor.
Y en otras partes, la Iglesia de Jesús esta viviendo una hora comparable a aquélla que viviera el Salvador allá, ante Anás y Caifás, y en esa casa de Pilatos, cuando le sentaron un trono de ignominia y, después de haberlo flagelado, le cubrieron con una clámide roja, le coronaron de espinas, le invitaron a tomar como un cetro una caña, para decirle luego: "Salve, Rey de los Judíos", entre risotadas y salivas.
En
alguna región, también la Iglesia de Jesús está
viviendo la hora misma de la crucifixión; está
empotrada en el madero de una cruz más cruel,
en cierto modo, que la misma Cruz de Cristo, porque además de fijarla
con clavos que la reducen, o pretenden reducir, a la importancia, han tenido
la terrible precaución de amordazarla, para que ni siquiera las siete
palabras del señor pudieran animar esa hora de ignominia, de envilecimiento,
en que se esfuerzan en hundirla.
MAS VISIBLE EN LA CRUZ
Pues bien, mis queridos muchachos: si para nosotros es fácil descubrir a la Iglesia de Jesús en los momentos de Tabor, en los momentos del triunfo de la Resurrección; si nosotros reconocemos fácilmente a la Iglesia de Jesús en las magnificencias de un siglo XIII triunfal, o en las personas de pontífices que asombraron al mundo con el éxito y el brillo de sus empresas, aun evangélicas; para nosotros, hombres de fe, debe ser todavía más fácil descubrir a la Iglesia de Jesucristo, precisamente, en esta Iglesia humillada, escarnecida, cubierta de salivas, reducida a la condición de gusano vil, porque es en ella en donde, en verdad, aparece con mayor elocuencia, con elocuencia más vehemente y eficaz, la divinidad de la Iglesia de Jesucristo. Es ésta la Iglesia -si podemos hablar así- que está viviendo una hora más intensa que nunca de Redención, porque ya lo había dicho el Maestro: Cuando yo sea elevado a lo alto, -es decir, cuando haya sido reducido a esa condición- entonces será que atraeré a Mí a todos los hombres y a todas las cosas.
No
se apodere, por consiguiente, de nuestros ánimos, ni la turbación,
ni el pesimismo, ni el derrotismo, al saber que en todas partes es injuriada,
menospreciada y perseguida la Iglesia de Jesucristo. Todo lo contrario;
en ella, precisamente, reducida a esa condición, aparece mejor que
nunca la Iglesia de Cristo, aquélla que El llamaba "Ecclesia mea",
"Mi Iglesia", porque es también éste, precisamente, un momento
en el cual -no os quepa la menor duda- fluyen a raudales del Corazón
de Jesucristo, más que nunca, sobre la tierra, las gracias salvadoras
que todo lo han de anegar, regenerar y redimir.
LA UNICA ALTERNATIVA
Pero, mirad que eso será con una condición: que los Once permanezcan, en esta hora, indefectiblemente a su lado. Ya lo había dicho Jesús que lo que con El ocurriría habría de ocurrir, con mayor razón, con cuantos le siguiesen La Iglesia, por consiguiente, es la que de una manera más evidente, clara y terminante, ha de reflejar y reproducir en espíritu, las circunstancias que vivió el mismo Jesucristo.
Nosotros podemos ser los Once que permanecieron fieles a pesar de su debilidad, de sus deficiencias, de sus errores. Y nosotros podemos ser también del número de aquéllos que se acerquen, siguiendo las huellas de Judas, para depositar sobre la mejilla del Salvador el beso de la traición Nosotros podemos ser los que permanezcamos heroicamente fieles a la Iglesia; nosotros también podemos ser de los que traicionemos -nuevos Judas- a la Iglesia de Jesucristo y, en ella, a Jesucristo mismo.
Digo nosotros y no los demás. La traición de Judas no la pudo cometer, mis queridos muchachos, sino uno de los apóstoles: cualquiera de cuantos querían a Jesús, que lo hubiera traicionado, no hubiera pasado a la memoria de los hombres con ese dicterio imborrable y terrible de traidor. Solamente podría traicionar a Jesús aquél en quien Jesús hubiera depositado amplia y totalmente su confianza, como en él la depositó.
Pertenecemos nosotros -no por nuestros merecimientos sino tan sólo porque así lo quiso la infinita bondad y misericordia de Jesús- pertenecemos nosotros, los sacerdotes y vosotros, los jóvenes de Acción Católica, al número de aquéllos en los cuales Jesús depositó su confianza. Se abre ante nosotros, después de ese designio de Jesucristo, una doble ruta, entre las cuales no hay ruta intermedia: la ruta de morir con El y la ruta por la cual el traidor lo vendió a El.
No
se por qué, yo siento en este momento la necesidad -que nace de un
impulso irreprimible- de deciros a vosotros las palabras que el Evangelio
sorprendió en los labios de uno de los apóstoles: "Ea, vayamos
a morir con El". Esta es, en realidad, si queremos observar lo que nuestra
vida puede ser frente a la Iglesia, la única alternativa: o morir
con Jesucristo y por Jesucristo, en una fidelidad absoluta y total a la
Iglesia, o traicionar a la Iglesia.
HAY TRAIDORES
La humanidad cristiana y en particular y sobre todo, la humanidad de aquella porción de la cristiandad que se llama, o podría llamarse, la porción apostólica -sacerdotal como laica- está dando, precisamente, al mundo, esa tremenda lección. ¿Para qué nos vamos a tapar nosotros los ojos y porqué no vamos a enfrentar la realidad tal cual la realidad se presenta? Hoy, en el mundo, hay sacerdotes de Jesucristo que están traicionando a Jesús, como Judas, en la persona de su Iglesia; y, lo que es más, besándola en la mejilla, es decir, asegurando en su traición la amistad de Jesucristo.
Y,
¿por qué no lo hemos de afirmar también en este momento
del devenir humano? Hay laicos que habían consagrado, como vosotros,
su vida a la Iglesia y le habían jurado fidelidad, y que, también
besándola en la mejilla, es decir, protestando su catolicismo y su
fe, la están traicionando.
No enfrentamos, por consiguiente, un posible futuro
hipotético. No; somos testigos angustiados y despavoridos de algo
que es realidad ¿Podría eso, llegado el caso, producirse entre
nosotros? O bien, si queréis, de otra manera: ¿nosotros, en
la situación en que ellos se encuentran, estaríamos todos,
precisamente, en la ruta de la fidelidad, de la fidelidad heroica? ¿O
habría, quizás, entre nosotros quienes, en esas circunstancias,
tomarían por el atajo fácil de la traición hipócrita?
Yo
rechazo esta segunda hipótesis, porque así lo exige la confianza
y el amor que siento por vosotros. Y aun rechazándola, lo hago fundado
en esta convicción: vosotros no seríais capaces de la traición,
no tanto por las energías y las fuerzas que poseéis, sino
por la particular y total perseverancia de vuestras almas en los sacramentos,
la oración y la mortificación, en una palabra, en un heroico
vivir cristiano. No es fiel hasta la muerte, cuando se trata de las cosas
de la fe, sino aquél a quién Dios le concede la gracia de
esta fidelidad. No es heroico en el vivir cristiano sino aquél a
quien Dios le concede la gracia de la heroicidad.
HEROISMO HUMANO Y HEROISMO CRISTIANO
Yo
entiendo y sé -la historia nos da de ello múltiples ejemplos-
que en las cosas de los hombres y en el terreno de lo meramente humano,
hay siempre gente de una franca heroicidad. Mas no hay quienes las encaucen
en el plano del vivir cristiano sin la gracia especial de Jesucristo. Porque
una es la heroicidad del mundo y otra muy diversa la heroicidad del Evangelio.
Existe en ambas cosas, aun cuando sea tan sólo uno el concepto que
las expresa, una realidad substancialmente distinta. Más aún:
yo os aseguro que la heroicidad evangélica no tiene nada que ver
con la heroicidad humana; casi se podría afirmar que, siendo ambas
admirables, sin embargo están en las antípodas
LA HEROICIDAD SEGUN CRISTO
Conviene
que esto -que integra la tercera y última parte de lo que es la mística
de la JAC- lo grabéis en vuestras almas: la heroicidad cristiana
es, para que sea tal, heroicidad en la verdad, heroicidad en la humildad,
heroicidad en la caridad, heroicidad en la abnegación.
HEROICIDAD EN LA VERDAD
La verdad, queridos jóvenes, es una cosa permanente, es una cosa durable. La verdad no sufre, no padece alternativas; lo que es verdadero, es verdadero siempre, y no es una hora más verdadero que en otra.
La primera condición de heroicidad cristiana no consiste tan sólo en someter nuestra mente a la aceptación constante de la verdad, sino también en condicionar nuestra vida a las exigencias, y hasta a las últimas exigencias, de una vida cristiana. Y eso siempre: día y noche, días y semanas, semanas y meses, meses y años, durante todo el período de nuestro vivir que va desde los albores de la conciencia hasta aquellos últimos momentos en que la perdemos, antes de presentarnos ante el tribunal de Dios.
En la heroicidad de los hombres y según los hombres, son posibles las cumbres. En la heroicidad según el Evangelio, lo único que es posible es la continuidad de la línea. La heroicidad cristiana es la de siempre, la de todos los momentos; es la constante punción y asimilación de la verdad evangélica en la vida, y ello hasta en sus últimas consecuencias, rehuyendo y rechazando todo lo que sea limitación, obedientes al gran mandato de Jesucristo: Amarás a Dios con toda el alma, con toda tu mente, con todo tu corazón.
Vale
decir, abrazar la verdad sin limitación alguna y seguirla hasta sus
últimas consecuencias y siempre, impongan ellas lo que impusieren,
exijan ellas lo que exigieren.
HEROICIDAD EN LA HUMILDAD
Si
esto que acabamos de decir no lo exige el heroicidad humano sino en graves
y solemnes circunstancias, y tolera en otras cierta infidelidad -cosa que
no admite el Evangelio- mucho más rechaza el heroicidad según
el mundo, lo que se encierra en esta afirmación: heroicidad en la
humildad.
Pasemos a enseñar esta virtud en el Maestro
que la enseñó con tanta perfección: en Jesús.
Ahí tenéis un héroe: Cristo, apoyados los codos y la frente contra un peñasco del Huerto de los Olivos, tiembla de terror y miedo, como una hoja que agita el vendaval. Y ese miedo no lo oculta; deja que aflore, lo manifiesta: Padre mío, si es posible, aparta de Mi este cáliz Desfallece; corre, primero, el sudor por su frente, y luego la sangre. Y cae; hunde su rostro sacratísimo -el rostro que era la imagen y, más que la imagen, la expresión más auténtica del más auténtico valor-, lo hunde en tierra y se deja aplastar por el peso del terror.
Ahí tenéis un héroe, un héroe que hunde su rostro en el polvo. Llora; no una sino varias veces llora Jesucristo en su vida, como lo consigna el Evangelio. Y no vela con vergüenza sus lágrimas, las manifiesta. No oculta Jesús sus terrores, no condena Jesús sus miedos; no condena ni oculta Jesús sus lágrimas: las supera.
Jesús es el héroe que en la humildad busca en Dios la energía suficiente para superar -no para no sentir- el terror, el miedo, la ansiedad, el cansancio, la amargura, la desilusión, la desolación, la sed, el abatimiento, el desengaño, la ingratitud.
Jesús vio erguirse contra él, allá en el pretorio de Pilatos, los brazos secos que El había animado; vio resplandecer la indiferencia, el odio y la cobardía en los ojos que El, pedían contra El la muerte de cruz. Los que El alimentara con panes en el desierto, permanecían silenciosos en la hora de su hambre y de su sed. Todo eso lo veía y lo sentía Jesucristo; mas lo superó.
La heroicidad humilde de Jesús; ése es el heroísmo que pide Jesucristo, que pide la Iglesia de nosotros. No es el heroísmo pose, no es el heroísmo soberbia, el heroísmo artificioso y encumbrado de los hombres; no es el heroísmo que trabaja para sí su propio pedestal, que disimula lo que es auténtica y profundamente humano, que se disfraza con frases brillantes y efectistas; no. Es heroísmo profundamente humilde y, por consiguiente, profundamente humano. Por eso el heroísmo de Jesús se nos presenta tan asequible; por eso atrae y conquista.
El profeta Isaías, a quien mencionaba en el comienzo, nos muestra en Jesús esta sublime heroicidad: la de hacer que su heroísmo no fuera, a los ojos de los hombres, un heroísmo de proyecciones elocuentes. ¡Cuántos, en la tierra, han muerto contra un paredón, fusilados por aquéllos que injustamente los ejecutaban, y pudieron dar al mundo el espectáculo de morir impertérritos y firmes, y todavía lanzando a quienes lo privaban de la vida, un desafío!. ¡Cuántos pudieron, al ser víctimas de la injusticia, proclamar ante los ojos de los hombres y de la historia, su indiferencia, su menosprecio por aquéllos que los ejecutaban!. ¡Cuántos asombraron al mundo con un gesto de este tipo, con la arrogancia, la prestancia y el desafío de la palabra o de la mirada!.
Jesús, no. Lo primero que Jesús destruye en sí, es cuanto de alguna manera pudiera suavizar su sacrificio, cuanto pudiera poner de relieve humana heroicidad. ¿Cómo va al Calvario?. Cayendo una, dos y tres veces; rodeado por una turba en la que no se oye una sola voz amiga. Escarnecido en el propio madero, soporta el desafío de aquellos que le increpan: "Si tú eres el Hijo de Dios, desciende de la Cruz". Y El es el Hijo de Dios, y si la Cruz hubiera descendido, ¿cuál no habría sido, mis queridos muchachos, el espanto de la gente, y cuantas no habrían sido las muchedumbres que se habrían arrojado a sus plantas para adorarlo?. Pero, no; El tiene que darlo todo por los hombres, sin reservarse nada. Da también eso y se humilla.
Da
muestras de impotencia, no de poder. Y para agotar, también en ese
orden de cosas, todas las posibilidades, con voz poderosa y fuerte se dirige
al Padre Celestial, para decirle: ¡También Tú, Padre,
me has abandonado!. Quiere dejar hasta ese testimonio, el testimonio de
la suprema humillación.
Renuncia a todo. Pierde, en verdad, hasta la figura
de hombre, y vela y oculta -en cuanto le es posible-, su realidad divina.
HEROICIDAD EN LA CARIDAD
Heroísmo, el de Jesús, en la caridad. Jesús fue heroico en el amor; por eso su heroicidad permanente y constante tuvo su expresión máxima en agotar las posibilidades de su misma omnipotencia para darnos, cuando ya todo nos había dado, su Cuerpo, su Alma, su Sangre, su Divinidad, en el mismo Sacramento del Amor. Y he aquí que Jesús, cuando no tenía más que desnudez, escarnio, heridas, agotamiento en la Cruz, da eso también. Quedaba, a los pies del Madero, su Madre Sacratísima, a la que también nos entregó, para despojarse absolutamente de todo.
Heroicidad
en la caridad: darlo todo, heroicos en el dar. La Iglesia, que es Cristo
en la tierra, a vosotros os ha pedido poco y nada, frente a lo que os podría
pedir; casi me atrevería a afirmar, frente a lo que sería
conveniente que os pidiera. Nosotros debemos apresurar con nuestra oración
esa demanda y ese pedido de la Iglesia, a fin de que llegue también
para nosotros la hora en que la Iglesia mucho nos pida, para que tengamos
la gloria y el gozo de darle muchísimo más de lo que le estamos
dando. Que llegue para nosotros la hora de la heroicidad en la caridad,
la hora de dar todo nuestro ser, de despojarnos de cuanto de alguna manera
puede retenernos y vincularnos a nosotros mismos.
HEROICIDAD EN LA ABNEGACION
¿Por
qué nosotros no somos eficaces en la medida en que debemos serlo
en esta nuestra tarea, que es redimir a la humanidad con Jesucristo?
¿Sabéis por qué? Nosotros -yo tengo de ello una firme
convicción, y me incluyo en el número de los que tal deficiencia
padecemos- creemos todavía algo en nosotros. En el fondo de nuestro
ser, sacerdotes y laicos, unos en una medida y otros en otra, creemos en
nuestras condiciones naturales, creemos en la eficacia sobrenatural de nuestras
condiciones naturales. Y si no lo creemos en teoría, porque no podemos,
obramos como si creyéramos, confiamos en ellas como si creyéramos,
las esgrimimos, acudimos a ellas y en ellas nos refugiamos, esperamos en
ellas y las amamos y nos afanamos con ellas, como si creyéramos.
No hemos renunciado a eso.
RENUNCIA TOTAL
Heroísmo significa también esto: romper con todo límite, o luchar con romper con todo límite. Renunciar a nosotros mismos; cultivar nuestro talento y nuestras condiciones, porque así está mandado por Dios, que nos los dio. Pero, en cada hora y en cada momento de nuestra vida, renunciar a la posesión de esas cualidades, ofrecerlas como una inmolación para el momento en que el Señor quisiera tomarlas en sus manos y reducirlas a la improductividad, paralizarlas.
Renuncia, renunciar y renunciar, porque sólo El salva; nosotros somos meros instrumentos en sus manos. Solamente El vale, sólo a El el honor y la gloria. Solamente El es digno de que los hombres lo admiren, lo amen, lo sigan.
En
esta noche, precisamente, para obtener de Dios omnipotente y de Jesucristo,
nuestro Salvador, esa omnipotencia de la fe que traslada las montañas
y esa eficacia en el vivir que redime a las almas, obedientes a la consigna
de San Pablo, que nos invita a ascender a la misma Cruz en que murió
Jesucristo, hagamos nosotros une esfuerzo real y profundo, alentados por
una misma fe, por abrazarnos a la Cruz de Jesucristo, negándonos
totalmente a nosotros mismos.
BORRAR NUESTRO YO
¡Qué difícil es esto! Olvidar nuestro nombre, olvidar nuestro apellido. ¡Qué difícil resulta olvidar nuestros títulos, desconocer nuestros presuntos méritos, ignorar nuestra historia! Vivimos escribiendo continuamente en el fondo de nuestro corazón y en nuestra memoria, una historia de presuntas y supuestas hazañas. Vivimos recordando el día en que hicimos esto o en que logramos aquello, la persona por la cual nos sacrificamos en tal oportunidad, el bien o la empresa que en tal hora llevamos a cabo, los vínculos de gratitud que vinculan a éste y a aquél, a aquella organización y a esa comunidad, a aquella entidad, a la Iglesia misma. No ha muerto en nosotros el yo.
Nosotros, los apóstoles, tenemos que ser hombres sin historia, sin la historia que conocen los hombres, sin la historia que nos preocupa dar a conocer a los hombres. Nuestra historia está escrita en el corazón del Señor; El la escribió, El la guarda, El es el único que sabe leerla. También en esto rechacemos todo límite.
Así
dispuestos -al menos con el esfuerzo de nuestra voluntad, sincera y empeñosa-
entonces sí que será cierto que Jesús nos empleará
para empresas grandes y habrá llegado un momento en que se moverán
las montañas a nuestro paso, porque mucho más difícil
que trasladar de lugar al Aconcagua o al Tronador, es trasladar de la ignorancia,
del error y del pecado a la vida de la Verdad y de la Gracia, el corazón
de un solo hombre
NUESTRA IMPOTENCIA
¿Qué fuerza tenemos nosotros frente a la fuerza que tiene el genio del mal, el ángel malo? ¿Cuál es nuestro poder frente al poder del odio, frente al poder del cinematógrafo, del teatro, de la prensa, de las modas, de los apetitos desordenados de la carne? ¿Cuál es nuestra fuerza, cuál es nuestro poder frente a todo eso? Sin embargo, vosotros sabéis, y yo también, que hubo momentos en los cuales nos hemos encontrado con almas y corazones empotrados en la entraña misma de todo ese poderío, y ha sido nada más que nuestro paso el que trasladó a un alma del seno de aquella podredumbre al seno de una vida angelical. ¡Quién sabe a cuántos hemos movido como montañas a nuestro paso por Santa Fe y por Paraná!
Entonces
sí habrá llegado la hora en la cual también nosotros,
por encarnar a Cristo crucificado, estaremos atrayendo a la Iglesia todas
las cosas; no solamente todas las almas, sino también todas las instituciones,
las finanzas, la industria, el mundo del trabajo, el mundo de la diversión
y de los deportes, la familia, la mujer, el niño, el anciano, el
hombre adulto, el joven.
Entonces, sí. ¿Por qué?
NUESTRA FUERZA
Será
así porque, gracias a la heroicidad en la verdad, a la heroicidad
en la humildad, a la heroicidad en la caridad, a la heroicidad
en la abnegación, estaremos adheridos a la Cruz de Jesucristo. Nosotros,
los jóvenes argentinos, crucificados también en ella, estaremos
en condiciones de decir, con San Pablo: "Yo estoy crucificado con Jesucristo
en la misma Cruz". Entonces sí seremos corredentores, con la eficacia
con que lo fue el mismo Jesucristo, y aún mayor, porque El se complace
en que el éxito de los suyos sea, visiblemente, más grande
que el propio.
DE LA CRUZ ADORADA A LA CRUZ VIVIDA
Jóvenes de Acción Católica: llega para nosotros la hora en que pasemos, definitivamente y para siempre, de la Cruz adorada a la Cruz vivida. Pasemos de la adoración de la Cruz a la asimilación de la Cruz.
Vivamos la Cruz de Jesucristo. Os lo pide la Iglesia, por las llagas de Jesucristo, nuestro Salvador; os lo pide la Iglesia, por la agonía de Jesucristo, nuestro Salvador; os lo pide la Iglesia, por las ignominias y las vergüenzas de Jesucristo, nuestro Salvador; os lo pide la Iglesia, por las lágrimas de su Madre Sacratísima; os lo pide por las almas que se pierden sin medida en esta hora en que parece que hubiera sido sujetada la eficacia redentora de la Pasión de Jesucristo
Abracemos la Cruz. La Cruz es bella, es hermosa, es gloriosa. Amémosla sin desfigurarla, abracémonos a ella sin debilitarla, teniendo en cuenta que cuando Jesús dijo "Mi yugo es suave", de ninguna manera dijo "Mi yugo es fácil"; esto no lo dijo jamás. Una cosa es la suavidad del yugo de Jesucristo, otra cosa es la facilidad. No es fácil; se requiere, para soportarla, toda la ayuda del mismo Jesucristo. Pero es suave, porque esa ayuda la brinda y la presta en cada momento a aquél que se la pide.
Por
consiguiente, de rodillas nuestra alma frente a la Cruz del Señor,
cual si lo vierais en ella palpitante, decidle, en esta noche santa con
que coronáis vuestra Asamblea, que tiene todo el aspecto de una enorme
bendición trazada sobre la juventud argentina, decidle: Señor,
cuándo será para mí la hora feliz en que pueda desaparecer
totalmente el heroísmo de la Cruz, de tal suerte que mi vida sea
al fin, definitivamente y para siempre, la realización del "Mihi
vivere Christus est" de San Pablo.
TODO CON RITMO DE CRUZ
Y esto en cualquier estado que Dios os depare: en el matrimonio, en el sacerdocio, en la pobreza, en la riqueza, en el trabajo, en el arte, en las letras, donde sea.
"Mihi vivere Christus es, et Christus crucifixus". "Mi vivir es Cristo, y Cristo crucificado". Seamos austeros aún en nuestra piedad; seamos austeros aún en nuestro celo y en nuestra caridad; seamos austeros aún en nuestro reír y en nuestro cantar. Hagámoslo todo con ritmo de Cruz, en forma de Cruz, con substancia -si vale la expresión- con substancia de Cruz, amando en todas las cosas la proyección de la Redención de Jesucristo.
Eso no cercenará en vosotros la alegría, ni el gozo de vivir, ni la tranquilidad, ni el optimismo. Por el contrario, viviréis como vivió Jesús, a paso acelerado hacia el sacrificio, hacia el heroísmo del dar, hacia el heroísmo de la humildad cristiana, hacia el heroísmo que nos permite vivir en la tierra en una absoluta paz, porque nada tenemos que perder, desde el momento que todo lo hemos dado y para siempre.
Que
Jesús afirme en vosotros estos pensamiento y los haga fructificar
de tal suerte, que sea cierto que en la Argentina ha nacido una legión
de héroes y de santos.
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Jóvenes de Acción
Católica Argentina
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