Queridos hijos:
La visita cortés, que nos hacéis esta mañana, nos
produce una inmensa alegría. Con espíritu agradecido, saludamos
cordialmente al excelentísimo asesor eclesiástico general
con sus colaboradores directos, y a todos vosotros, asesores y dirigentes
diocesanos de los jóvenes de Acción Católica, reunidos
aquí en Roma para estudiar iniciativas concretas en torno a "un
camino de evangelización de promoción humana de los muchachos".
El tema que habéis escogido es de una actualidad palpitante; sobre
el mismo está interesado en reflexionar toda la iglesia italiana,
que a finales del próximo mes de Octubre, como sabéis, será
llamada a poner punto final a los resultados del estudio comunitario llevado
a cabo de forma particular durante los últimos pasados meses. El
tema, por otra parte, ya había sido objeto de un examen atento por
parte del Concilio Vaticano II, que en la Constitución Gaudium et
Spes había enunciado algunos principios generales, que habéis
meditado ciertamente, en torno a la aportación del anuncio evangélico
a la realización del hombre.
Una fe personal consistente y vivida
Os habéis preguntado, estos días, como la Acción Católica puede "caminar juntamente" con los muchachos, para ser en medio de ellos "fermento" que los ayude a realizarse como seres humanos y como hijos de Dios.
A Nos urge, en primer lugar, poner de relieve que el compromiso prioritario
de la Acción Católica en la relación con los muchachos
sigue siendo el de educarlos para una fe personal, consciente, vivida.
Se sabe que la educación, además de comunicación de
conceptos, es participación de valores; una participación
que se realiza a nivel vital, mediante el testimonio, juntamente con la
enseñanza. Esto vale en particular para la educación de la
fe, don misterioso del Señor, destinado a asumir y a orientar de
forma total la existencia humana. El educador no debe limitarse a hablar
de Dios, a "demostrar" su existencia, sino que debe llegar a "mostrar"
su presencia en la autenticidad de las propias opciones cotidianas, y debe
educar para un encuentro frecuente con el Cristo vivo de la Liturgia, porque
en ésta, la Palabra de Dios vuelve a resonar en el presente de la
Historia e invita al muchacho a juzgar críticamente el propio ambiente
y, si es necesario, a tomar sus distancias, para ser en el mundo propio,
testigo de la novedad de Cristo.
Educación positiva de la libertad
Un segundo compromiso desearíamos recordar; el de educar a los muchachos para la verdadera libertad. Es ésta una dimensión del hombre ante la que el mundo moderno es particularmente sensible. Con demasiada frecuencia, por ello, se tiene la impresión de que la interpretación, que se da de la misma, es exclusivamente negativa. En realidad no basta ser libres de alguna cosa, es necesario reconocerse también libres para alguna cosa o para alguien.
Cuando San Pablo proclama que hemos sido llamados a la libertad (cfr. Gál. 5, 13), añade inmediatamente: "Para que esta libertad no se convierta en un pretexto para vivir según la carne, sino mediante la caridad, ponéos al sevicio unos de otros" (Ibíd.). Léanse los diversos pasajes de las Cartas del Apóstol o de los demás escritos del Nuevo Testamento en los que se toca este tema y nos convenceremos de que la libertad cristiana es la liberación del hombre de las fuerzas de la concupiscencia y del pecado, que lo tienen esclavo del egoísmo; y constituye su restitución a la capacidad de amar desinteresadamente a Dios y al prójimo. Libre verdaderamente es sólo el que es capaz de darse totalmente. Educar para la libertad significa educar para el amor.
Resulta claro, entonces, cuán ardua es la tarea del educador, que
no puede engañarse con formar para la libertad, sencillamente porque
concede con moderación dosificada permisos cada vez más amplios
al muchacho que crece; sino que debe interesarse en ayudarlo a orientarse
con decisión propia para una entrega de sí cada vez más
completa a los hermanos que caminan a su lado.
Disponibilidad para la colaboración
El discurso nos conduce a tocar incluso un tercer aspecto importante para una labor de auténtica promoción humana; el aspecto de la educación para la solidaridad. La filosofía personal insiste mucho, hoy, sobre la dimensión social de la persona humana, que no alcanza su plena realización si no es abriéndose al "tú" del otro, para reconocer su valor único y aceptarlo sin reserva. El joven es, en general, particularmente disponible a la apertura confiada, a la amistad, a la colaboración.
Ahora bien, la experiencia de los primeros años, especialmente las experiencias vividas en familia y en la escuela, pueden constituir un estímulo útil para la afirmación y el desarrollo de esta natural disponibilidad para la solidaridad; o pueden, en cambio, representar las primeras comprobaciones traumatizantes de inexorables discriminaciones o de marginaciones lastimosas.
Objetivo del educador de Acción Católica será el de
inculcar profundamente en el ánimo de los muchachos la convicción,
típicamente cristiana, de que, ante Dios, somos todos iguales, porque
todos somos llamados a ser hijos en su Hijo. (Cfr. Gál. 3, 28; 4,
4 ss)
La tarea apasionante del educador
El cristiano es constitutivamente un hombre solidario, porque cree en El que ha querido ser "nuestra paz", y "ha hecho de los dos un pueblo solo, abatiendo el muro de separación que había surgido, es decir, la enemistad" (Ef. 2, 14); para el cristiano nadie es ya "extranjero o huésped", porque todos están destinados a ser "conciudadanos de los santos, miembros de la familia de Dios". (cfr. Ef. 2, 19).
Las asociaciones de Acción Católica, en su forma de organizarse y de actuar, deben dar testimonio de esta solidaridad, que rechaza, el éxito, la eficacia, el prestigio; y asume la defensa del hombre, tanto más decididamente cuanto más necesitado y humilde sea.
Hijos queridísimos, el compromiso que tenéis ante vosotros es apasionante. En los jóvenes, a los que se consagran vuestras energías, trabajáis para construir el mañana. Que la gracia del Señor esté con vosotros y fecunde vuestros esfuerzos, a fin de que vuestra fatiga ayude eficazmente a hacer que surja la civilización del amor, que es la aspiración de todo hombre de buena voluntad.
Acompañamos nuestro augurio con una bendición especial.
Biografía del autor:
Papa Pablo VI
Pablo VI (1897-1978), papa (1963-1978) que presidió la mayor parte del Concilio Vaticano II y dirigió la Iglesia católica en uno de sus periodos de cambio más importantes.Giovanni Battista Montini nació en Concesio el 26 de septiembre de 1897 y estudió en Brescia y Roma. Licenciado en Derecho civil y canónico, teología y filosofía, se ordenó sacerdote en 1920. Trabajó como agregado de la nunciatura en Varsovia (1923) y como consejero espiritual y moderador de la Federación de Universidades Católicas (1923-1933). Trabajó en la Secretaría de estado del Vaticano (1933), fue subsecretario del secretario de la Santa Sede (1944) y secretario de Estado para asuntos ordinarios (1952). En 1954 fue consagrado arzobispo de Milán y en 1958 nombrado cardenal. Sucedió a Juan XXIII como supremo pontífice y presidió el Concilio Vaticano II desde su segunda sesión. Visitó Tierra Santa en los actuales países de Jordania e Israel. En 1965 celebró un encuentro histórico con el patriarca ecuménico de la Iglesia ortodoxa griega de Constantinopla, Atenágoras I, en el que llegaron a un acuerdo para anular las excomuniones mutuas entre ambas Iglesias vigentes desde 1054, cuando se produjo la separación.
En su esfuerzo por extender las relaciones del Vaticano a los católicos de fuera de Europa, viajó a Estados Unidos en 1965, a Colombia en 1968, a Uganda en 1969 y a varios países asiáticos, entre ellos Filipinas, en 1970. En 1966 se entrevistó con la cabeza de la Iglesia anglicana, Arthur Michael Ramsey, entonces arzobispo de Canterbury y en 1973 con Shenouda III, patriarca de Alejandría y cabeza de la Iglesia ortodoxa copta. No sólo fue el primer papa que realizaba estos encuentros y viajaba a una zona concreta, sino también el primer mandatario de la Iglesia en llevar a cabo semejante acercamiento sistemático con otros grupos cristianos. Entre las personalidades con las que se entrevistó se encuentran líderes comunistas como el presidente de la Unión Soviética Nikolay V. Podgorny en 1967 y el presidente Tito de Yugoslavia en 1971. Sus negociaciones con el Gobierno comunista de Hungría lo llevaron a requerir en 1974 la dimisión del cardenal József Mindszenty.
De igual modo fue el primero en trabajar con un equipo asesor establecido sobre la base del principio de colegiación anunciado en el Concilio Vaticano II. El sínodo episcopal, en encuentros bianuales regulares, discute los problemas de interés de la Iglesia católica en todo el mundo. En 1967 se celebró la primera de estas reuniones.
Sus encíclicas más importantes ampliaron las partes de la misa en lengua vernácula (1963), reafirmaron las tradicionales prohibiciones eclesiásticas del matrimonio sacerdotal (1963) y el control de la natalidad (1968). En 1972 promulgó una encíclica en la que prohibía a las mujeres la investidura formal en los papeles menores de lector o acólito. Murió el 6 de agosto de 1978 en Castel Gandolfo.
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